martes, 31 de marzo de 2026

ENTREVISTA CON MI HIJA ADOPTIVA

 Una notable escritora, madre de cinco hijos adoptivos, les habla con conocimiento de causa a los que piensen adoptar un niño.

ENTREVISTA CON MI HIJA ADOPTIVA

 (Condensado de «Cosmopolitas»)

Por Pearl S. Buck

Autora de La Buena Tierra, La estirpe del Dragón, etc

1946

HACE VEINTE AÑOS llevamos  al hogar a nuestra primera hija adoptiva. En el transcurso de los años, adoptamos cuatro criaturas más—tres varones y una niña—para que fuesen sus hermanos. Antes de escribir esté artículo pedí a la hija mayor, que ahora tiene veinte años, su consejo sobre lo que debía decir a quienes también quieran asumir los deberes y las respon­sabilidades de la paternidad adoptiva.

—En primer término—me dijo—, yo creo que no todo el mundo debe adoptar niños. Y no lo digo porque unas personas sean pobres y otras ricas. Eso nada tiene que hacer.

Como yo le preguntara entonces qué clase de personas creía ella las más ade­cuadas, me contestó:

En opinión mía, los padres adopti­vos no deben ser demasiado jóvenes. Quienes no han pasado aún de la edad juvenil, lo que quieren ante todo es di­vertirse. Probablemente un niño no les importaría lo bastante para dudarlo co­mo es debido.

—Pero sucede con gran frecuencia que matrimonios muy jóvenes tienen hijos propios—le objeté yo.

—De los hijos propios cuidarán impulsados por el simple instinto. Pero tratán­dose de un hijo adoptivo, se necesita algo más.

—Por supuesto—continuó—los padres tampoco deben ser demasiado viejos, pues lo más probable es que a esa edad, cuando va el barullo y las impertinencias de los niños fastidian, la carga resulte muy dura. Sólo quienes sienten verdadero amor por los niños deberían adoptarlos.

Estas palabras de mi hija estaban com­pletamente de acuerdo con lo que yo pienso. Muchos padres quieren a sus pro­pios hijos, pero no quieren a los niños. Unicamente los que quieren a todos los niños deben ser padres adoptivos. Por eso, antes de dar tal paso, marido y mujer necesitan cerciorarse cuidadosamente de cuáles son sus verdaderos sentimientos a este respecto. ¿Quieren a los seres huma­nos? ¿Podrán ser capaces de amar una criatura que no sea suya?

Pero las criaturas crecen. ¿Les gustan los muchachos desordenados y revolto­sos? ¿Pueden echar a risa ciertas travesu­ras? ¿Pueden querer a ni¡ niño y al mismo tiempo reconocer sus faltas? Si básica­mente los niños les inspiran afecto y no les fastidian, están capacitados para la tarea.

Después de pensar un rato, mi hija agregó:

—Creo, sin embargo, que a los hijos adoptivos no debe tratárseles con espe­cial deferencia. Conviene enseñarlos, que­rerlos y castigarlos lo mismo exactamente que a los otros niños. Si se les prefiere y se les trata de manera distinta, hay el peligro de que se sientan como si no pertenecieran a la familia.

En esto también estaba yo de acuerdo con, ella. Nuestros hijos adoptivos han tenido que tomarnos a nosotros tal como somos. Comparten lo mismo nuestra bue­na fortuna que nuestros inevitables  perío- dos de mala suerte. Cuando nos vemos obligados a trabajar con exceso, lo cual sucede frecuentemente, puesto que sien­do grande la familia las cuentas también lo son, nuestros hijos tienen que sufrir las rachas de impaciencia a que da origen nuestro cansancio. Pero en toda ocasión, buena o mala, pueden invariablemente contar con nuestro cariño.

Los padres, a su vez, deben tomar a los niños tal como vengan. Sea cual fuere el medio ambiente que lo rodea, la íntima naturaleza de un niño no cambia nunca. Desde el momento que es concebido, sus cualidades esenciales quedan determina­das. La enseñanza y el ejemplo no pueden sino fortalecer y desarrollar lo que hay allí. Esperar demasiado en este sentido es un error que no conduce sino a desenga­ños y sufrimientos para todos. Esperar muy poco, es igualmente  erróneo.

¿Cómo puede saber uno a ciencia cier­ta cuál es el niño que le conviene adop­tar? ¿ Es importante que tenga los ojos negros? ¿0 que los tenga azules? Cual­quiera de esas cosas es importante si usted cree que lo es, porque todas ellas son Cuestión de sentimiento y el sentimiento tiene gran importancia entre padres e hijos. Las emociones deben considerarse antes que nada, porque las emociones son el factor más significativo para establecer la corriente del afecto entre uno y el corazón de los niños.

He citado el rasgo físico de los ojos co­mo un simple ejemplo. Los rasgos de carácter e índole son, por de contado, mucho más importantes. Una persona de espíritu expansivo que adopte a un niño tímido y reservado de sentimientos, pue­de crear una catástrofe para ambos. ¿Pero cómo podemos precavernos contra esas disparidades? Aunque en verdad no hay para ello ningún medio absolutamente seguro, ciertas circunstancias pueden te­nerse en cuenta. La raza y aún la naciona­lidad del niño deben ser iguales o muy semejantes a las de los padres adoptivos. Si usted, digamos, tiene en sus venas cá­lida sangre latina, no lleve al hogar a un niño cuyos progenitores sean de fría sangre escandinava—a menos que usted esté casado por amor con una persona de tal raza.

Los antecedentes culturales son tam­bién importantes. Padres a quienes los libros no les interesan ni mucho ni poco, y que abandonaron las aulas sin comple­tar su educación, río deberían adoptar a un niño cuyos padres son profesores o personas letradas. Lo contrario es impru­dente en igual grado.

La mayor parte de los matrimonios prefieren adoptar niñas, basándose en la teoría de que son más «fáciles» que los niños. Prácticamente yo he encontrado que los niños son más fáciles; en general, tienen mayor independencia de carácter y poseen una naturaleza más franca. Pero tratándose de un hijo adoptivo, conviene atender primero a otras cosas de sustan­cia, y luego a la consideración adjetiva de que sea niño o niña.

Nunca debe haber en la casa un solo niño—observó mi joven interlocutora—.

Fl hijo adoptivo necesita hermanos y hermanas con quienes convivir y a quie­nes querer. Así hay en su vida un mayor sentido de seguridad.

Es cierto. Todos necesitamos la com­pañía y el apoyo de diversos afectos en el hogar. Cuando no hay sino un solo lazo de afecto, puede que se ejerza sobre él demasiada tensión. Las esperanzas sue­len ser más altas y más férvidas de lo que conviene citando se concentran en solo niño. El sufre con esta especie de implícita exigencia excesiva. Y los padres también. Todo niño debe tener cuantos compañeros sea posible. Esto significa que los padres necesitarán, trabajar más para ganarse la vida y que la vida será s frugal, pero habrá más felicidad para todos. Los niños se ayudan unos a otros, y ayudan a los padres.

Formulé  otra pregunta a mi hija: —¿Hice bien en decirte desde un prin­cipio que eras adoptiva?

Ella estaba recién nacida cuando la lle­vamos a nuestra casa. Pero una vez que creció lo bastante para contarle cuentos, le referí la historia maravillosa de cómo la había encontrado a ella y de por qué la había escogido entre todas las demás criaturas que hubiera podido adoptar. Por varios años estuve repitiéndole aque­llo cada vez que tenía oportunidad. Pero una noche, ya llegada ella a los siete años, la vi bostezar con expresión de aburri­miento cuando empecé a contarle otra vez la misma historia.

—¡Ya sé eso mamá! Cuéntame algo nuevo.

Experimenté al oírla una grata sensa­ción de tranquilidad. Ya para ella el he­cho de su adopción era cosa bien sabida y definitivamente aceptada. Ahora podía­mos olvidarlo sin peligro alguno. Tenía­mos plena confianza la una en la otra.

Hoy día, a los veinte años, dice reflexi­vamente:

alegro de que me lo hubieras dicho desde aquel lejano entonces. Yo siempre he considerado como cosa natu­ral y corriente que un matrimonio pueda tener hijos lo mismo por nacimiento que por adopción. Y eso es todo lo que im­porta. Sin embargo, si no hubiera sabido desde mi niñez que era hija adoptiva, el haberme enterado de ello más tarde quizá hubiera sido un grave golpe para mí.

¿Y si yo nunca te lo hubiera dicho? --le pregunté.

—Alguien se habría encargado de de­círmelo—repuso—. Mil veces mejor fue haberlo sabido por boca tuya, mamaíta.

Después de aquella noche—cuando mi hija tenía siete años—ya no abrigué te­mor alguno. Dos años después fui a visi­tarla a una colonia escolar donde estaba pasando el verano. Al verme corrió hacia mí desalada.

—¡Oh, mamá!--exciamó—. ¡Qué gusto me da que hayas venido! Quiero presen­tarte a una de mis amiguitas para que hables con ella y la consueles. La pobrecilla me inspira mucha lástima. ¡Es adoptada!

Hice un esfuerzo por no sonreír. Pero tú sabes que eso no significa nada, queridita—le repuse.

—Sí, sí. Pero pasa que ella es realmente adoptada. No tiene mamá, ¿sabes? ¡Vive con una de sus tías!

Aquél fue para mí uno de los más feli­ces momentos. Mi chiquilla no se consi­deraba adoptada; yo era para ella su ver­dadera mamá.

Una noche nuestra hija menor me pre­guntó, cuando estaba arropándola para dormir:

— ¿Todos nosotros, mis hermanitos y yo, somos hijos de distintas mamás?

—Así es-le contesté yo aparentando no dar seriedad al asunto.

—Pero eso no importa—me dijo ella—porque tú eres la mamá de todos.

—Tienes razón... eso no importa—¡e repuse.

Pocos minutos después estaba dor­mida...

No hay sino una regla para contestar a preguntas así: contestarlas honradamen­te. Cuantos menos años tenga el niño, más breve y sencillamente conviene res­ponderle. Llegado a la adolescencia, las respuestas deben ser amplias y acompaña­das de explicaciones. Precisa advertirle que si desea averiguar quiénes fueron sus progenitores, tiene el derecho de hacerlo. Por lo general, si sus relaciones en el nuevo hogar han sido satisfactorias y si no hubo momento de choque al enterarse de la adopción, no hay en el niño deseo de saber quiénes fueron sus padres, ni de unirse a ellos.

opino que la adopción temprana—tan cerca del nacimiento como sea posible ­constituve la mejor base para la futura felicidad de todos. Los padres adoptivos y el niño deben, creo yo, convivir los días de la infancia.

Sé que algunas personas se sienten más seguras adoptando a un niño que haya pasado la prueba física y mental del pri­mer año, o de los dos primeros años. Pero los padres corren ciertos riesgos lo mismo con un hijo propio que con un hijo adop­tivo. Una criatura mental o físicamente defectuosa puede nacer en cualquier fa­milia. Viéndolo bien, hay menos riesgo en la adopción que en el nacimiento. La mayor parte de las deformaciones físicas son notorias cuando el niño nace. En cuanto a los defectos mentales, los más claros se perciben desde el nacimiento: p ero los menos visibles pueden no ser d escubiertos hasta la  edad escolar.

Adoptar a un niño ignorando por completo sus antecedentes de familia, es una  imprudencia tan grande como la del hombre que se casa precipitadamente• con una mujer cuya ascendencia desconoce y con la cual ha de compartir, sin embargo, la jornada de la existencia.

¿EL AFECTO que une a los padres con su hijo adoptivo puede ser tan fuerte como el que los uniría con un hijo propio? Puede ser más fuerte aún. El hecho de que hayan deseado adoptar a un niño y lo hayan escogido ellos mismos, es un exec lente principio para la formación de ese afecto. Con frecuencia el sentido de responsabilidad de los padres y la del niño a los cuidados de éstos, hacen que el afecto mutuo vaya desarrollán­dose hasta llegar a convertirse en algo más real y profundo que los lazos de la sangre.

Si los padres prefieren adoptar a un niño de algunos años, el sentido cormún ha de ser su guía para cimentar el mutuo afecto. Nunca debe mostrársele antago­nismo o malquerencia respecto a quienes formaron su familia anterior. Los nuevos padres, deben simplemente respetar la idea que de esos parientes tenga el niño, y permitirle que hable libremente de ellos. Con empeñarse en borrar sus recuerdos, no se logra sino ahondárselos más.

El niño de esa edad tiene también cier­tos hábitos establecidos los cuales quizá no estén de acuerdo con la nueva atmós­fera que lo rodea. Paciencia es entonces la consigna. Nuevos hábitos no pueden formarse sino cuando el niño así lo quiere. Primero debe sentirse seguro en su hogar adoptivo: seguro de. que se le necesita,seguro de que se le quiere. Entonces él mismo deseará ser parte de la familia, e irá dejando sus viejos hábitos. —hemos dicho ya cuanto hay quedecir sobre el particular?—pregunté a mi hija cuando hubimos  llegado a este punto. Falta algo—dijo ella—. El pasado de un  hijo adoptivo no debe  trascender nunca más allá de él y sus nuevos padres. Es apenas justo y ecuánime que al niño Se le brinde la oportunidad de empezar en condiciones iguales a las de otro cual­quiera.

Bien dicho. A veces es necesario, por bien del niño, explicar ciertos detalles de su pasado a un maestro, por ejemplo, pa­ra que sea más paciente con él o procure comprenderlo mejor. Pero en esos casos, lo que se le diga debe tener carácter ente­ramente confidencial.

—Por supuesto continuó mi hija—, lo que yo digo no se refiere sólo a los padres, sino al resto de la familia también.

Nuestra familia es grande. Cuando mi hija habló así estaba pensando en las tías, los tíos, los primos y la abuelita. Hemos tenido la fortuna de que todos ellos acep­taran cariñosamente a nuestros hijos adoptivos. Pero esto no es así en todos los casos. Los padres adoptivos deben in­sistir en que sus niños sean mirados como verdaderos miembros de la familia, lo cual son realmente.

—Creo que eso es todo—terminó mi hija.

Pero mi esposo, que se había unido a nosotras, intervino en la conversación.

—Una cosa más—dijo dirigiéndose a mi hija—. ¿A ti te gustaría adoptar niños?

Fue una pregunta bastante acertada. Nuestra hija le contestó con una vehe­mencia muy satisfactoria para nosotros.

—¡Seguramente que me gustaría! Si no tengo bastantes hijos, adoptaré cuan­tos pueda.

Y eso fue, en verdad, lo más impor­tante de todo lo que ella dijo

1942 SEGUNDA GUERRA "MUERA EL CRISTIANISMO DICE EL JAPON"

 "MUERA EL CRISTIANISMO DICE EL JAPON"

"Odian a Cristo con la misma saña que a los soldados de allende el mar."

(Condensado de «Collier's »)

Por Robert Bellaire 

1942

NO HABÍA ESTALLADO la guerra todavía. Estábamos el coronel S.Nichihara, oficial de prensa del Ejército japonés, y yo, en una lujosa casa de Shangai.

Nichihara había bebido mucho. Al parecer, tenía el vino sentimental, por­que empezó a sollozar y a pronunciar, lleno de reverente emoción, entre hipo e hipo, el nombre sagrado de Hirohito.

--Usted—me dijo después de una buena mordida al pescado crudo que estaba comiendo — usted también de­biera hacerse shintoista y creyente en el Emperador.

Vamos, vamos, coronel—le respon­dí—. No lo disimule tanto. Usted es cris­tiano. Para usted, el Emperador no es el mismo que para los demás japoneses. No me dirá usted que no.


Saltó como si lo hubiese mordido una víbora. El ultraje le llegó a lo más vivo del alma. Con gritos y ademanes des­compasados, casi me escupió a la cara:

Me he inscrito como cristiano, sí, no lo niego; pero, óigalo usted bien, lo he hecho por un solo motivo: por el Emperador.

Tenía los ojos inyectados. Estaba fre­nético de rabia.

 —El Ejército Imperial—prosiguió­ ordenó que asistiera a la escuela de una misión cristiana para aprender inglés. Otro tanto han hecho infinidad de ofi­ciales japoneses para capacitarse como traductores militares.
Según Nichihara, hubo oficiales que se inscribieron también como cristianos para aprender matemáticas superiores, ciencias, historia extranjera: materias todas que se consideran indispensables para la creación de un ejército y una marina capaces de sojuzgar el mundo. En las misiones no se exige a los alumnos que sean cristianos, pero los jefes mili­tares dispusieron que los oficiales lo hi­ciesen así, por temor a que las escuelas se cerráran, si las juntas misionales de los Estados Unidos veían que el núme­ro de «conversiones» no justificaba el gasto de su sostenimiento.

Pero ya no necesitamos para nada de las misiones—continuó Nichihara—. Tenemos hospitales y universidades in­comparables, hasta mejores. ¿Sabe us­ted cuál es la única utilidad que nos prestan las misiones ahora? Pues la de suministrarnos divisas para comprarles a ustedes mismos materias primas con el dinero que traen los misioneros.

Le pregunté si, en general, los japoneses estaban agradecidos a los misioneros cristianos por su obra  humanitaria.

¿Agradecidos ?—El coronel sonrió sarcásticamente---, Todo japones que se respete un poco  se siente ofendido y humillado- cuando  tiene que aceptar al­go de un extranjero. Somos una raza su­perior. Llegará el día en que el Japón dominará el mundo. Ese día, sépalo usted,  ese día barreremos el Cristianismo de la faz del orbe.

Pocas horas antes había comunicado yo a la Prensa Unida que los japoneses acababan de bombardear otra misión cristiana en el interior de China. ¡Era el vigésimo bombardeo en menos de un año! Se habían marcado visiblemente todos los edificios de la misión con ban­deras norteamericanas. El comunicado oficioso de Nichihara de aquel día re­zaba así: «Nuestros aviones han bom­bardeado con éxito un importante ob­jetivo en la provincia de Honan ».

Al presente, el Japón está librando una guerra tan encarnizada contra el Cristianismo como contra los Estados Unidos. El Cristianismo rechaza y con­dena las pretensiones de los japoneses de ser una raza superior; niega la divinidad de su soberano; aboga por reformas so­ciales que sacarán a las masas japonesas del estado de servidumbre feudal en que se hallan. Es, en suma, la religión de la esperanza, la religión que ha teni­do la virtud de despertar la fe en su liberación, en millones de indefensos orientales a quienes el Japón se propone someter a yugo ominoso y perdurable. «No se podrá sojuzgar a los chinos », me confesó en una ocasión Jan Suchiya, jefe de propaganda del Ministerio de Estado de Tokio, «mientras los cristia­nos sigan predicando esa su doctrina de fe y esperanza. ¡Creencias absurdas que tenemos que prohibir!»

El plan que piensa ejecutar el Japón contra el cristianismo es patente. Hay

que destruir hasta la última misión cris­tiana en China. Mediante más de 800 ataques desde el aire, en estos seis últimos años, han reducido, a ruinas a centenares de misiones, iglesias y hospi­tales. Los japoneses cuentan con matar a todos los misioneros, u obligarlos, por el terror, a huir de China. Son muy po­cos hasta ahora los que han huido. Millares, en cambio, han perecido o han que­dado inutilizados en una de las persecu­ciones más sanguinarias e implacables que se han visto en China.

Hasta lo de Pearl Harbor, cada ata­que de los japoneses a una misión pro­vocaba una enérgica protesta de los re­presentantes diplomáticos extranjeros. Y a cada protesta, invariablemente, el Japón expresaba su «profundo pesar» por el error que habían padecido sus aviadores. Por fin, como último reme­dio, los representantes de los Estados Unidos facilitaron a los japoneses mapas con la situación exacta de todas y cada una de las misiones norteamericanas en China. El resultado fue que, en los dos meses siguientes, aumentó considerable­mente el número y la frecuencia de los bombardeos. Los japoneses, inmutables, continuaron repitiendo su sabido sub­terfugio: « ¡Ha sido una deplorable equivocación!» Jan Suchiya me dijo al­gún tiempo después que esos mapas ha­bían servido de «excelentes guías a nuestros aviadores».

En las Filipinas y en otras regiones ocupadas se ha dado muerte a la mayor parte de los misioneros, o se les ha en­carcelado, o se les ha hecho objeto de tratos tan infames, que no pueden re­ferirse aquí. Se han entregado sus pa­rroquias a «misioneros cristianos» japo­neses, adscritos al Departamento de Cultos del Ejército. El número de esos misioneros es quince veces mayor que el de todos los clérigos canónicamente ordenados en el Japón en los últimos treinta años. La mayoría no son más que sacerdotes shintoistas disfrazados y especialmente preparados para comba­tir al cristianismo «desde dentro». No exhortan a los conversos del país a apos­tatar del Cristianismo, sino sencillamen­te a rechazar las «mentiras» que los bárbaros occidentales les han enseñado.

He aquí su versión del Cristianismo. Cristo fue un oriental. Nació en el Ja­pón. Fue un gran profeta que recibió todo su saber de los emperadores-dioses del Japón. Se trasladó al Occidente a difundir sus grandes enseñanzas entre los bárbaros, los cuales lo negaron y lo crucificaron e_interpretaron torcidamen­te todo lo que él enseñó. Después de resucitar de entre los muertos, Cristo reapareció en el Japón, donde murió y está enterrado. La sabiduría que EL ad­quirió de las doctrinas de los divinos emperadores, es la misma divina sabi­duría que hoy posee Hírohíto.

Los japoneses llevan al Japón a cen­tenares de cristianos chinos y filipinos, a visitar «el sepulcro» del profeta Cris­to. (Es un hecho probado que han eri­gido un santuario.) A los peregrinos se les dice que lo más importante del viaje es la ocasión de pararse ante los muros del Palacio Imperial en Tokio a rendirle homenaje al dios-emperador. Vuelven, pues, a sus hogares con la idea de que Cristo ha muerto, pero que el dios-emperador está vivo, y bien vivo, y que es heredero legítimo de la soberanía omnímoda sobre todo el mundo.

EN LA PORTADA IBA MI NOMBRE» Por el Dr. Boris Konov

 EN LA PORTADA IBA MI NOMBRE»

Por el Dr. Boris Konov

EL DOCTOR Boris Konov (no es éste, desde luego, su verdadero nombre) huyó del terror comunista de Bulgaria hace varios años, y empezó nueva vida en la Alemania Occidental. Un día el Dr. Konov empleó sus talentos profesionales en beneficio de cierto encumbrado comunista búlgaro, por prestar así ayuda a un médico amigo que estaba aún entre las garras de los rojos. En las líneas que siguen el doctor Konov relata un incidente ocurrido entonces.
—¡Así que Ud. es Boris Konov! ¡Y yo que más de una vez me había preguntado si realmente existía semejante persona!
De tal modo me habló, en mi despacho de Stuttgart,
un compatriota que había escapado de Bulgaria recientemente.
—¿Y cómo sabe Ud. mi nombre?—le pregunté algo sorprendido— ¿Ha estado acaso en mi ciudad natal?
—No—me respondió—nunca; pero vi escrito en la portada de una revista el nombre de Ud.... y se me grabó en la memoria.

Entonces recordé . . . A fines de 1949 recibí la noticia de que un colega y amigo mío, de Sofía, se hallaba en grave dificultad. Asistía facultativamente a cierto personaje comunista, afectado de un tipo de alta presión sanguínea, casi mortal de necesidad, a no ser que para el debido tratamiento se consiguiera determinada droga, no asequible en Bulgaria. A mi amigo se le haría responsable de la muerte de su enfermo. ¿No podría yo proveerme de la droga en Alemania y reexpedirla a Sofía?
Lo hice, aunque con reservas mentales. Fui en mi patria testigo de los horrores comunistas. Y acababa de leer el trágico relato de la muerte dada por ellos al gran patriota búlgaro Nikola Petkov.* Me sublevaba tener que cooperar a prolongar la existencia de uno de aquellos asesinos. ¡Me creía obligado a comunicar a mi compañero de Sofía cuál era mi estado de ánimo! Pero ¿cómo podría hacerlo?
Me acordé de que el número de la edición alemana del Reader's Digest en que había leído el artículo sobre Petkov traía también una exposición informativa concerniente a la alta tensión arterial. En arranque quijotesco tomé la pluma, marqué con un círculo el trabajo relativo a • la presión sanguínea y
*Véase «Últimos minutos de un hombre libre» en SELECCIONES de octubre de 1949.
escribí en búlgaro sobre la cubierta: «Esto puede serle útil al Dr. X en el tratamiento de la enfermedad de Ud.» Firmé y remití la revista, no al doctor, lo cual habría sido para él peligroso, sino al propio funcionario comunista. Yo estaba seguro de que éste no sabía alemán, por lo que le pasaría la revista a mi amigo, quien comprendería que era el artículo sobre Petkov el que yo en realidad deseaba que leyese.
Ahora, aquí, en m¡ despacho de Stungart, trascurridos más de tres años, un compatriota me informaba del buen éxito de plan.
—Sí—me explicó—allí fue donde leí por vez primera el nombre de Ud.; en aquel ejemplar del Reader's Digest, trapajoso de su mucho caminar, y que, por conducto de un vecino, llegó a mis manos hace pocos meses en mi pueblecito, a cientos de kilómetros de Sofía.
Ahora mi visitante y yo nos regocijamos a una, imaginando cuántos centenares de
personas habrán leído la revista . . . y cuántos millares más habrán oído su mensaje de esperanza, libertad  y verdad, trasmitido de boca en boca.
Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos una cosa: que si el Reader's Dig
est se vendiera libremente tras la Cortina de Hierro, las colas que se formarían para comprarlo harían aparecer insignificantes esas otras largas filas que allá se forman para conseguir un panecillo.

UN HOMBRE PERSEGUIDO POR EL ÉXITO

 UN HOMBRE PERSEGUIDO POR EL ÉXITO

1950

Curiosa historia de un hombre
de negocios que no pudo hacer
carrera de la holgazanería

Por Edmund Love

EDMUND LOVE, ex maestro de escuela, se vio obligado, a raíz de conflictos de carácter particular, a llevar la vida de un vago du­rante más de tres años. Así logró una inusita­dada visión del mundo poco conocido de esos parias de la humanidad. En su libro Subways are for sleeping, habla de los vagabundos que conoció.

JORGE SPOKER era un hombre de talla mediana y labios finos. Usaba gafas sin aro, ca­misa azul de género, corbata roja de lazo y un viejo y arrugado terno de paño. Pretendía ser un vagabundo profesional y habla vivido como tal durante siete años. Acostumbraba sentarse en un banco de Madison Square, en Nueva York, donde fra­ternizaba con los otros vagos que frecuentaban esa plazuela. Dormía en posadas miserables o en los por­tales y gastaba tan poco como le era posible en alimentación. Mas, en ciertos aspectos, Spoker era diferen­te de otros holgazanes.

En efecto, Jorge Spoker había si­do banquero en cierta ciudad vecinade San Francisco hasta un buen día en que los inspectores hallaron un desfalco en sus libros y lo mandaron a la cárcel por dos años y medio. Nunca volvió a su casa después de cumplida la condena. Su mujer ha­bía pedido y obtenido el divorcio. Sus bienes se habían liquidado; nin­gún amigo lo había vuelto a visitar.

«Para todos era un gandul, ún tu­nante —dijo una vez— y resolví ser­lo de verdad: el más sucio, el más haraposo de los vagabundos que an­dan por el mundo.»

Desde el comienzo, sin embargo, cierta falta de esa incuria, que es dis­tintivo del verdadero vago, lo dife­renció de sus colegas. El se dedicó a la holgazanería con el empeño de un hombre de negocios, cazcaleando con gran diligencia en busca de in­formación acerca de la nueva vida, y cuando llegaba a averiguar algo que no había ensayado, se apresuraba a experimentarlo.

Había otra gran diferencia : Jorge Spoker tenía dinero. Mientras estu­vo preso, murió su abuela, que le de­jó una renta de 78 dólares mensua­les. Gracias a esto pudo viajar en el ferrocarril de California a Nueva York.

Llegado a la gran metrópoli, le pareció que, como buen vago, lo in­dicado era dormir en las posadas de mala muerte donde estos se alojan. Ensayó, pues, unas cuantas en el Bowery, pero no pudiendo aguantar las chinches se trasladó un poco más al norte de la ciudad, donde la ca­ma le costaba 50 centavos por noche en vez de 25.' Trató de comer en los fonduchos más económicos; tampo­co pudo acostumbrarse a su bazofia y los cambió por el Automático.

Eligió como taberna habitual —centro de toda gandulería— la de Beany, que era un bar de mostrador donde se bebía de pie, siempre lleno de tipos de mala catadura, en cuya compañía comenzó a sentirse como el recluta entre un corro de foguea­dos veteranos.

Yo era un dilettante —recuerda Jorge—; dormía todas las noches sobre un camastro y me felicitaba por las penalidades que estaba sufrien­do. En cambio, para mis compañe­ros de taberna un dormitorio con camas era un lujo. Esos sí que eran vagabundos de verdad: pasaban la noche en los ferrocarriles subterrá­neos, se acurrucaban en los portales, se aposentaban en edificios desocu­pados, descabezaban un sueño en la Estación Grand Central o se estira­ban sobre los bancos del parque.

Convencido de que estaba fraca­sando en la carrera que se había pro­puesto seguir, decidió intensificar los medios de coronarla en toda for­ma. Comenzó a llevar un cuaderno de apuntes y en él fue anotando to­dos los extraños lugares que, según sus averiguaciones, servían para dormir. En seguida comenzó a ensayar­los. Muy pronto se convenció de que el banco del parque es cama inso­portable y volvió a sus dormitorios de 25 y 50 centavos. Cada vez que esto acontecía, crecía su disgusto consigo mismo y poco a poco fue llegando a la conclusión de que ca­recía del valor necesario para ser un buen holgazán. Le quedaba so­lamente un medio, infalible, para no darse por vencido : regalar su dine­ro. Y así comenzó a hacerlo, repartiéndolo a diestro y siniestro.

Llegadas las cosas a este punto, se reafirmó el verdadero carácter de Jorge Spoker. Como banquero que era no podía tolerar el hecho de dar algo en cambio de nada y decidió entonces dar su dinero a trueque de informes. Redujo las dádivas a mo­nedas de 10 centavos. Así, cada vez que le alargaba una moneda a un compañero le preguntaba dónde ha­bía dormido últimamente y apunta­ba la información cuidadosamente en su cuaderno de notas. Llenó uno y comenzó otro más grande.

Los cuadernos de Spoker conte­nían listas de edificios desocupados, excavaciones y túneles, patios donde se venden automóviles usados y otros sitios adecuados para pernoctar. Más de un año durmió Jorge en un lugar diferente cada noche. De los que no alcanzó a experimentar personal­mente obtuvo informaciones detalla­das y fidedignas, tales como los hábitos de los guardas y policías, formas de ingreso y egreso y horas más apro­piadas de la noche en que se podían disfrutar.

Una tarde se le acercó un com­pañero, le contó que acababan de echarlo de su dormitorio habitual y le dijo que necesitaba otro nuevo. Con mucho gusto le pagaría 25 cen­tavos por una simple ojeada a la lis­ta de lugares disponibles que él, Jor­ge, debía de tener. Spoker le aconse­jó un sitio donde le garantizaba dos semanas de sueño tranquilo.

Este encuentro constituyó una re­volución en la vida de Jorge Spoker. El negocio de vender por 25 centa­vos los informes que le habían costa­do 10 no le había pasado aún por la mente. Hizo saber que se le podría encontrar todas las tardes en cierto banco de Madison Square, y a poco vendía informaciones sobre acomo­do nocturno a siete u ocho vagos diariamente. Por entonces tenía ya una lista que fluctuaba entre 2000 y 3000 dormideros.

Recibía también informes que no tenían nada que ver con alojamien­to. Los vagos le contaban cómo ha­bían comido gratis en tal o cual par­te, o que tal o cual institución de ca­ridad no servía para maldita la cosa. También supo de restaurantes que necesitaban lavaplatos o de boliches que buscaban muchachos para aco­modar los bolos, y de otros empleos por el estilo. Todo lo apuntaba mi­nuciosamente en sus cuadernos y pronto se convirtió en una especie de compendio de un nuevo movimien­to sociológico. Corrió la voz: todos cuantos necesitaban algún dinerillo podían acudir a Spoker; él no se lo daba, pero sí les indicaba dónde y cómo podían conseguirlo.

 Más tarde, en el otoño de 1948, Jorge Spoker tropezó con algo muy bueno.. Llovía a cántaros, él estaba en el vestíbulo de un gran edificio, charlando con el jefe de los ascenso­ristas. A tiempo de marcharse dijo con indiferencia que daría una vuel­tecita por la vecina Calle 23 para to­marse una taza de café. El ascenso­rista le pidió que le trajese una a él.

—Lo estuve pensando durante to­do el camino, mientras atravesé el parque —recuerda Spoker—. Me ha­bía dado 25 centavos para que le comprara el café y me había insi­nuado que podría quedarme con la vuelta. Parecía un buen negocio.

Al cabo de una semana Spoker te­nía ya permiso del administrador del edificio para llevar refrigerios y tentempiés a sus empleados a ciertas horas, y se empeñó en que las ofici­nas le aceptaran una solicitud para prestar los mismos servicios a los ofi­cinistas, que pasaban de 600. Calcu­laba Spoker que, entre las 25.000 o 30.000 personas que trabajaban en las cuatro manzanas que rodean la plazuela, se beberían por lo menos 12.000 tazas de café y se comerían otros tantos bocadillos por día. Con cinco centavos de propina por cada cliente se podrían ganar 600 dólares diarios (1948) ... y decidió ganarse él mis­mo esas propinas.

' Por entonces acudían a él en gran numero los vagabundos* que busca­ban empleo o alojamiento. La Socie­dad de Socorros Spoker (como él llamó a su institución) vino a ser la clave del nuevo servicio de abas­tecimiento que iba a establecer y que comenzó a funcionar de la mane­ra siguiente: Planeaba un recorrido que mantuviera ocupado a un indi­viduo durante el término de ocho horas y que dejara de $10 a $15 dia­rios en propinas. Después le asigna­ba la ruta a alguno de los vagos que venían a solicitarle ayuda, al cual le cobraba tres dólares de comisión. Andando el tiempo, tuvo cerca de 20 individuos trabajando diariamen­te bajo sus órdenes.

Inicialmente, él y sus «empleados» compraban el café ya preparado en alguno de los muchos restaurantes de mostrador que hay en aquellos contornos. Más tarde Spoker tomó en arrendamiento un sótano barato donde armó su cocina. Sus ganan­cias subieron muy pronto a los $600 semanales.

En 1952 el ex presidiario Jorge Spoker, hoy ciudadano escrupulosa­mente honrado, anotaba entradas anuales de $31.000 en su declaración de impuestos sobre la renta. Todavía se sentaba en sus bancos del parque, dormía en los subterráneos y seguía gastando su camisa azul, su corbata roja de lazo y su eterno traje de pa­ño arrugado. Era el hombre feliz, el negociante próspero que vivía como un vagabundo.

Una mujer —el eterno enemigo—vino a frustrarle su carrera. Nuestro hombre había proscrito toda conjun­ción con el elemento femenino des­de que estuvo en la cárcel. Tenía ahora 50 años, los pelos desertaban de su cabeza, estaba lejos de ser un Adonis y no se hacía ilusiones de que su figura fuera capaz de llega a despertar una pasión amorosa. Sin embargo, una mañana se le presentó de pronto una chica; una pelirroja como de 30 años que le contó una historia triste y bastante gastada en Nueva York: Se llamaba Sara Haddon, habla llegado a la ciu­dad en busca de una carrera teatral, no había encontrado trabajo y aque­lla misma mañana la habían echado del cuarto que tenía arrendado, por falta de pago. Un amigo le había aconsejado que acudiera a Spoker, y esto era precisamente lo que ella hacía ahora.

Sara Haddon no era en realidad lo que aparentaba, sino una atrevi­da periodista que intentaba escribir un artículo relativo a la vida y mila­gros de Jorge Spoker.

—Había pasado yo cinco años en Madison Square —contaba más tar­de Spoker— y esta era la primera mujer que se me presentaba en bus­ca de ayuda; ni siquiera sabia que existiera el tipo de holgazanas entre el bello sexo. ¿Qué hacer? Lo pri­mero sería conseguirle alojamiento, pero al punto cal en la cuenta de que no tenía en todas mis listas un sitio apropiado para alojar a una da­ma. Le dije que volviera a verme después de almuerzo.

Entre tanto consiguió un departa­mento para la señorita Haddon en la Calle 27. Pagó un mes adelantado de arrendamiento y le surtió la des­pensa con provisiones de boca por valor de $20. Los motivos que lo indujeron a hacer esto fueron pura­mente caritativos. Sara representaba simplemente la X en una ecuaciónque Jorge iba a resolver y él se enor­gullecía de encontrarle solución a los problemas. Cuando la señorita Had­don regresó esa tarde, Jorge la tomó del brazo y la condujo triunfante a su nueva residencia.

Ella, como es de suponerse, tenía su buen departamento donde vivir. Y, aunque se asustó un poco de lo que había hecho, decidió aceptar el caritativo ofrecimiento por no herir la susceptibilidad de su bienhechor.

De ahí en adelante, durante va­rias semanas, Sara pasaba las tardes en su nueva casa de la Calle 27 con­versando con Spoker, que había ad­quirido la costumbre de visitarla después de la comida para enterarse cómo marchaban las cosas. Cuando él se iba a dormir en sus sótanos, ella volvía a su propia casa.

Al cabo de un mes, Cupido co­menzó a embrollar aquellas relacio­nes que al principio fueron pura­mente caritativas.

A pesar de que Spoker se tuviera en poco, no le faltaban sus atracti­vo; y Sara era realmente graciosa. Cayeron en las redes del amor. Se casaron y, como entre marido y mu­jer no debe haber secretos, el de la verdadera vida de Jorge Spoker dejó de serlo para su esposa. Apenas se enteró ella de la verdad, lo instó pa­ra que se mudaran a una residencia campestre del estado de Connecti­cut. La historia que pretendía escri­bir se quedó, naturalmente, inédita.

Por entonces Jorge Spoker tomaba el tren que lo llevaba a Nueva York todas las mañanas. Iba a sentarse en su banco del Madison Square desde

donde seguía dirigiendo su negocio de abastecimientos, conservando cui­dadosamente la apariencia de vaga­bundo. Nadie hubiera podido decir exactamente a cuánto ascendía su fortuna: era muy grande. Se decía que tenía una renta de $12.000 anua­les, proveniente de inversiones úni­camente. Llegadas las cosas a este punto, difícil le hubiera sido seguir sosteniendo su papel de holgazán.

Finalmente, en enero de 1954, se dio por vencido. Vendió el negocio a una compañía abastecedora, con muy buena utilidad, y se retiró al campo. Tanto los atractivos de Sara Haddon como el aburrimiento de los viajes en tren le hacían abando­nar por fin su amado banco del parque.

—No veo nada malo en ser vaga­bundo profesional —le decía a uno de sus amigos— pero cuándo tiene usted que viajar 80 kilómetros en tren todos los días para poder ser­lo ... ya no vale la pena.

UN MINUTO QUE CAMBIÓ UNA VIDA

No se por qué en este mundo no hay más gente
que procure comprender más y odiar menos»

Un minuto que  cambió una vida

( Condensado de «Foremen:Leaders or Drivers?» )
Por Sherman Rogers

TENGO un hijo— un muchachote pelirro­jo—que se llama Ferruccio. Muchos me han preguntado por qué le puse nombre extranjero.

Hace 43 años me encontraba trabajando en un campamento maderero. Cortábamos y podába­mos los troncos en verano y después de las neva­das de otoño los arrastrábamos en trineos hasta el río que distaba como seis kilómetros y medio. Tenía el camino tres cuestas muy pendientes. Yo enarenaba la cuesta número uno. Un belico­so italiano llamado Ferruccio estaba encargado de la cuesta número dos que era la más peligrosa. Ferruccio se pasaba la vida renegando. Ape­nas hablaba inglés pero sabía maldecir, y malde­cía en todas las lenguas conocidas. Como nunca había oído a nadie dirigirle una palabra amistosa era natural que nunca diese una respuesta ama­ble.

Cierta mañana el superintendente del cam­pamento me dijo que se iba a la ciudad y que en su ausencia me dejaba encargado de los obreros que hacían el trasporte. Como en aquel entonces contaba solamente 20 años me sentí muy enva­necido. Tenía, sin embargo, algunas dudas y pregunté que haría si los hombres se negaban a obedecerme.

—¡Despídelos! —respondió con vi­veza el superintendente.

—Bueno—repuse—Vaya usted buscando otra cuadrilla de trasportadores porque cuando regrese ya los de ésta se habrán marchado.

Poco después de irse el superinten­dente se me presentó el viejo escocés que era dueño del campamento.

Escucha, muchacho—me dijo—Ahora eres el capataz y yo no voy a restarte autoridad. Pero sé que tienes intención de despedir a Ferruccio.

Es usted adivino.

—Pues yo lo sentiría mucho. Llevo 40 años en este negocio y Ferruccio es el obrero más seguro que he tenido. Sé que es un ogro y que detesta a cuantos lo rodean, pero también es el primero en llegar al trabajo y nunca se va hasta después que todos los de­más se han marchado. Además desde que empezó a trabajar aquí, hace ocho años, no ha ocurrido un solo accidente en esa cuesta. Antes de venir él todos los años se mataban hombres o caba­llos. Pero tú eres el capataz y a tu juicio lo dejo.__

Tan pronto lo perdí de vista me dis­puse a decir a Ferruccio algo que siem­pre había tenido ganas de decirle. Cuando llegué a la cuesta número dos me quedé observándolo varios minu­tos antes de comprender lo que el hombre estaba haciendo.

Enarenar caminos es trabajo muy especial. Cuando el trineo se acerca el enarenados camina delante y va poniendo en los surcos helados justa­mente la cantidad precisa de arena pa­ra que el pesado trineo se deslice len­tamente. Pero no era eso lo que Fe­rruccio estaba haciendo en aquel mo­mento.

La temperatura era de cerca de 18 grados bajo cero. Ferruccio estaba se­cando una paletada de arena en una pequeña hoguera. No llevaba ropas de abrigo sino un simple overol. En vez de mitones de lana tenía guantes de tela. Se estaba helando pero en vez de calentarse el desabrigado cuerpo secaba la arena al fuego para asegurar mejor el paso del próximo trineo; era una precaución extraordinaria que no figuraba entre las reglas del oficio.

Me llegué a él y le dije:

—Buenos días, Ferruccio. ¿Sabes que hoy el amo soy yo?_

Se limitó a responder con un gruñido.

— Bueno... —continué--¿ Sabes que estaba decidido a despedirte ?

Ferruccio emitió otro gruñido para indicar que quedaba enterado.

Pero—agregué—nadie te despi­dará a ti.

Ferruccio levantó los ojos de la pala y se quedó mirándome de hito en hito.

Entonces le repetí al pie de la letra lo que me había dicho el viejo escocés.

Ferruccio dejó caer la palada de arena. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.

— ¿Por qué no me dijo él eso hace ocho años ?—preguntó.

Me retiré en seguida y no volví a verlo durante el resto del día. Por la noche cuando los de los trineos fueron a lavarse, uno de ellos exclamó entusiasmado:

— ¿Vieron cómo trabajó hoy el italiano? Ha echado arena suficiente para enarenar una docena de cuestas; vola­ba de un lado a otro como si tuviera alas. ¡Y se ha pasado el día repartiendo sonrisas!

Ya oscurecía cuando oí que me lla­maban.

— ¡Eh, patrón!

Era Ferruccio. Quería invitarme  a cenar con él.

¿Sabes cocinar?—le pregunté.

No, yo no sé cocinar; María es la que sabe.

¡No me digas que eres casado!

Seguro que sí—y agregó con cierta timidez:— tenemos cuatro mu­chachos... ¡los cuatro muchachos más lindos del mundo!

Caminamos aprisa porque el ter­mómetro seguía alrededor de 18 bajo cero. Por fin llegamos a un claro pe­queño donde se alzaba una casa de trozas.

Ferruccio se llevó los dedos a la bo­ca, dio un agudo silbido e inmediata­mente se abrió la puerta de par en par. Salió una mujer tan ancha como alta y tras ella asomaron cuatro pequeñue­los. Ferruccio corrió dando jubilosos gritos al encuentro del grupo y los confundió a todos en estrecho abrazo.

¡El hombre a quien yo había tenido siempre por áspero e intratable era en realidad marido y padre amoroso! Pensé que tal vez todos los juicios que me había formado sobre otros extran­jeros eran igualmente erróneos.

— ¡Venga, patrón! —gritó Ferruccio —La sopa está esperando.

Mientras comíamos, Ferruccio y María sostuvieron viva conversación en italiano. Súbitamente ella se puso en pie de un salto, se acercó a mí y me dio un beso.

— ¡Caramba, Ferruccio!—exclamé — ¿Qué es esto?

Y Ferruccio explicó:

Acabo de contar a María que usted es el primer capataz que me ha dicho « trabajas muy bien, Ferruccio, » y ella se ha puesto como unas Pascuas.

Podría escribir largo y tendido so­bre aquella noche. Pero sólo diré que vi a una mujer arrodillarse junto al lecho de sus hijitos para rezar pidiendo al cielo que les diera salud y los hicie­ra buenos ciudadanos. Pidió también a Dios que permitiera a los demás ni­ños entender a sus hijos y no darles nombres despectivos.

Luego me contó que sus dos hijos mayores volvían siempre afligidos de la escuela porque los compañeros se burlaban de ellos a causa de sus ropas pobres y de su hablar incorrecto. Comprendí entonces cuánto  tienen que sufrir los hijos de padres extran­jeros debido a las crueles mofas de otros niños.

Un par de días después fui a la es­cuela, hice que enviasen a su casa a los dos italianillos y rogué a sus com­pañeros y compañeras que les dieran oportunidad de sentirse sus iguales. Poco después dejé el campamento no sin haber sabido antes que ya las bur­las se habían acabado y que los chi­quillos empezaban a conocer días más felices.

DOCE años más tarde bajaba yo a pie por un deslizadero de trozas en la accidentada Península Olímpica del estado de Washington buscando el campamento de un amigo. Súbita­mente vi a un hombre en lo alto de la cuesta. Estaba allí tieso como un pos­te, arrogante, bien vestido. Le grité pidiéndole que me indicase el camino del campamento. Se quedó merándome, volví a gritarle y empezó a correr a mi encuentro. Entonces lo reconocí.

¡Ferruccio!—grité— ¿Qué de­monios haces en estas tierras?

Riendo alegremente me contestó:

Ahora soy aquí la gran persona.__

Ferruccio había llegado a ser supe­rintendente de construcción de lanzaderos en una de las más grandes compañías. dedicadas al negocio de trozas en el Oeste. Me habló de su fa­milia. Todos gozaban de excelente sa­lud y el hijo mayor estaba estudiando en la universidad. Luego me dijo:

A no ser por aquel minuto en que usted me habló yo hubiera mata­do a alguien algún día... Ese minuto cambió por completo mi vida. Y esa hora que pasó usted en la escuela cam­bió también la vida de mis chicos.

Y después de una breve pausa, agregó:

No sé por qué en este mundo no hay más gente que procure compren­der más y odiar menos.

Y yo le contesté:

Eso mismo vengo pensando yo hace I2 años.:__


EL CORDERO SACRIFICADO Y LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO.

  2 LIBROS 1 - LA VISIÓN DE LAS GENERACIONES PERDIDAS-2007 2 - LA ESTIRPE DE ABRAHAM -2008 AUTOR = UN HUEHUETECO APASIONADO POR LA HIS...