EN LA PORTADA IBA MI NOMBRE»
Por el Dr. Boris Konov
EL
DOCTOR Boris Konov (no es éste, desde luego, su verdadero nombre) huyó del
terror comunista de Bulgaria hace varios años, y empezó nueva vida en la
Alemania Occidental. Un día el Dr. Konov empleó sus talentos profesionales en
beneficio de cierto encumbrado comunista búlgaro, por prestar así ayuda a un
médico amigo que estaba aún entre las garras de los rojos. En las líneas que
siguen el doctor Konov relata un incidente ocurrido entonces.
—¡Así que Ud. es Boris Konov! ¡Y yo que más de una vez me había preguntado si
realmente existía semejante persona!
De tal modo me habló, en mi despacho de Stuttgart, un compatriota que había
escapado de Bulgaria recientemente.
—¿Y cómo sabe Ud. mi nombre?—le pregunté algo sorprendido— ¿Ha estado acaso en
mi ciudad natal?
—No—me respondió—nunca; pero vi escrito en la portada
de una revista el nombre de Ud.... y se me grabó en la memoria.
Entonces recordé .
. . A fines de 1949 recibí la noticia de que un colega y amigo
mío, de Sofía, se hallaba en grave dificultad. Asistía facultativamente a
cierto personaje comunista, afectado de un tipo de alta presión sanguínea, casi
mortal de necesidad, a no ser que para el debido tratamiento se consiguiera
determinada droga, no asequible en Bulgaria. A mi amigo se le haría responsable
de la muerte de su enfermo. ¿No podría yo proveerme de la droga en Alemania y
reexpedirla a Sofía?
Lo hice, aunque con reservas mentales. Fui en mi patria testigo de los horrores comunistas. Y acababa de
leer el trágico relato de la muerte dada por ellos al gran patriota búlgaro
Nikola Petkov.* Me sublevaba tener que cooperar a prolongar la existencia de
uno de aquellos asesinos. ¡Me creía obligado a comunicar a mi compañero de
Sofía cuál era mi estado de ánimo! Pero ¿cómo podría hacerlo?
Me acordé de que el número de la edición alemana del Reader's Digest en que
había leído el artículo sobre Petkov traía también una exposición informativa
concerniente a la alta tensión arterial. En arranque quijotesco tomé la pluma,
marqué con un círculo el trabajo relativo a • la presión sanguínea y
*Véase «Últimos minutos de un hombre libre» en
SELECCIONES de octubre de 1949.
escribí en búlgaro sobre la cubierta: «Esto puede serle útil al Dr. X en el
tratamiento de la enfermedad de Ud.» Firmé y remití la revista, no al doctor,
lo cual habría sido para él peligroso, sino al propio funcionario comunista. Yo
estaba seguro de que éste no sabía alemán, por lo que le pasaría la revista a
mi amigo, quien comprendería que era el artículo sobre
Petkov el que yo en realidad deseaba que leyese.
Ahora, aquí, en m¡ despacho de Stungart, trascurridos más de tres años, un
compatriota me informaba del buen éxito de plan.
—Sí—me explicó—allí fue donde leí por vez primera el nombre de Ud.; en aquel
ejemplar del Reader's Digest, trapajoso de su mucho
caminar, y que, por
conducto de un vecino, llegó a mis manos hace pocos meses en mi pueblecito, a
cientos de kilómetros de Sofía.
Ahora mi visitante y yo nos regocijamos a una, imaginando cuántos centenares de personas habrán
leído la revista . . . y cuántos millares más habrán oído su mensaje de esperanza,
libertad y verdad, trasmitido de boca en boca.
Nunca lo sabremos.
Pero sí sabemos una cosa: que si el Reader's Digest se vendiera libremente tras
la Cortina de Hierro, las
colas que se formarían para comprarlo harían aparecer insignificantes esas otras largas filas que allá se
forman para conseguir un panecillo.
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