martes, 16 de julio de 2024

EL GRAN CONFLICTO 53-54

EL GRAN CONFLICTO

HELLEN DE WHITE

53-54

El esfuerzo hecho para com­prender las grandes verdades de la revela­ción imparte vigor a todas las facultades y las fortalece; ensancha el entendimiento, aguza las percepciones y madura el juicio. El estudio de la Biblia ennoblecerá como ningún otro estudio el pensamiento, los sentimientos y las aspiraciones. Da cons­tancia en los propósitos, paciencia, valor y perseverancia; refina el carácter y santifica el alma. Un estudio serio y reverente de las Santas Escrituras, al poner la mente de quienes se dedicaran a él en contacto directo con la mente del Todopoderoso, daría al mundo hombres de intelecto mayor y más activo, como también de principios más nobles que los que pueden resultar de la más hábil enseñanza de la filosofía humana. “La entrada de tus palabras—dice el salmista—alumbra; a los simples les da inteligencia”. Salmos 119:130 (VM).

Las doctrinas que enseñó Wiclef siguie­ron cundiendo por algún tiempo; sus parti­darios, conocidos por wiclefistas y lolardos, no solo recorrían Inglaterra sino que se esparcieron por otras partes, llevando a otros países el conocimiento del evangelio. Cuando su jefe falleció, los predicadores trabajaron con más celo aun que antes, y las multitudes acudían a escuchar sus ense­ñanzas. Algunos miembros de la nobleza y la misma esposa del rey contábanse en el número de los convertidos, y en muchos lugares se notaba en las costumbres del pueblo un cambio notable y se sacaron de las iglesias los símbolos idólatras del romanismo. Pero pronto la tempestad de la despiadada persecución se desató sobre aquellos que se atrevían a aceptar la Biblia como guía. Los monarcas ingleses, ansiosos de confirmar su poder con el apoyo de Roma, no vacilaron en sacrificar a los reformadores. Por primera vez en la historia de Inglaterra fue decretado el uso de la hoguera para castigar a los propaga­dores del evangelio. Los martirios seguían a los martirios. Los que abogaban por la verdad eran desterrados o atormentados y solo podían clamar al oído del Dios de Sabaoth. Se les perseguía como a enemigos de la iglesia y traidores del reino, pero ellos seguían predicando en lugares secretos, buscando refugio lo mejor que podían en las humildes casas de los pobres y escondiéndose muchas veces en cuevas y antros de la tierra.

A pesar de la ira de los perseguidores, continuó serena, firme y paciente por muchos siglos la protesta que los siervos de Dios sostuvieron contra la perversión pre­dominante de las enseñanzas religiosas. Los cristianos de aquellos tiempos primitivos no tenían más que un conocimiento parcial de la verdad, pero habían aprendido a amar la Palabra de Dios y a obedecerla, y por ella sufrían con paciencia. Como los discípulos en los tiempos apostólicos, muchos sacri­ficaban sus propiedades terrenales por la causa de Cristo. Aquellos a quienes se per­mitía habitar en sus hogares, daban asilo con gusto a sus hermanos perseguidos, y cuando a ellos también se les expulsaba de sus casas, aceptaban alegremente la suerte de los desterrados. Cierto es que miles de ellos, aterrorizados por la furia de los perseguidores, compraron su libertad haciendo el sacrificio de su fe, y salieron de las cárceles llevando el hábito de los arre­pentidos para hacer pública retractación; pero no fue escaso el número—contándose entre ellos nobles y ricos, así como pobres y humildes—de los que sin miedo alguno daban testimonio de la verdad en los calabozos, en las “torres lolardas”, gozosos en medio de los tormentos y las llamas, de ser tenidos por dignos de participar de “la comunión de sus padecimientos”.

Los papistas fracasaron en su intento de perjudicar a Wiclef durante su vida, y su odio no podía aplacarse mientras que los restos del reformador siguieran descan­sando en la paz del sepulcro. Por un decreto del concilio de Constanza, más de cuarenta años después de la muerte de Wiclef sus huesos fueron exhumados y quemados públicamente, y las cenizas arrojadas a un arroyo cercano. “Ese arroyo—dice un anti­guo escritor—llevó las cenizas al río Avón, el Avón al Severna, el Severna a los mares y estos al océano; y así es como las cenizas de Wiclef son emblema de sus doctrinas, las cuales se hallan esparcidas hoy día por el mundo entero” (T. Fuller, Church History of Britain, lib. 4, sec. 2, párr. 54). ¡Cuán poco alcanzaron a comprender sus enemi­gos el significado de su acto perverso!

Por medio de los escritos de Wiclef, Juan Hus, de Bohemia, fue inducido a renunciar a muchos de los errores de Roma y a asociarse a la obra de reforma. Y de este modo, en aquellos dos países, tan distantes uno de otro, fue sembrada la semilla de la verdad. De Bohemia se extendió la obra hasta otros países; la mente de los hombres fue encauzada hacia la Palabra de Dios que por tan largo tiempo había sido relegada al olvido. La mano divina estaba así prepa­rando el camino a la gran Reforma

 

domingo, 7 de julio de 2024

ESPAÑOLES SIN PATRIA Y LA RAZA SEFARDÍ -01

ESPAÑOLES SIN PATRIA
Y LA RAZA SEFARDÍ

DR. ANGEL PULIDO FERNILIIDEZ.
(SENADO" Y ACADÉMICO)
INTERESES NACIONALES MADRID
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE E. TEODORO
AMPARO, 102, Y RONDA DE VALENCIA, 8.
1905

Á LA CIUDAD DE SALAMANCA
Y Á SU GLORIOSA UNIVERSIDAD

Dos dedicatorias honrarán la cabecera de este libro: virtual la una y real la otra. D. Pedro de Múgica, sabio filólogo español residente en Berlín, nos transmitió un día, convenientemente autorizado, frases de bondad y conmiseración para los israelitas españoles diseminados por el mundo, escritas por ilustre princesa, que enaltece en la Atenas alemana las virtudes de la familia Real española, y abrigamos entonces el propósito de colocar su nombre al frente de nuestro libro. En la conciencia de todos alienta que, como refleja un lago tranquilo las mil bellezas de idílico paisaje, así refleja tan egregia dama las más delicadas virtudes sociales y domésticas. Por eso nadie la lisonjea cuando advierte que su alma es accesible á toda desgracia, su corazón de muy castiza españolería, cultas sus ideas, generosos sus sentimientos, nobles sus acciones, sencillo su trato, y como la propia pureza es de inmaculada su fama. ¿Quién podría patrocinar mejor esta empresa evangélica y patriótica nuestra? Pero... respetos á la etiqueta y temores á la malicia, levantaron discretos escrúpulos, y donde hubiese aparecido nombre con justicia venerado, colocamos, como dignos de sustitución, los de Salamanca y su gloriosa Universidad
. Y ahora yo te saludo, adorable ciudad castellana, y  esculpo conmovido en el frontispicio de mi obra, esos timbres de tu fama histórica, que ahondan y agrandan el pro-fundo reconocimiento que debo al honor con que me honraste. ¡Quién dijera en el pobre hogar de mis padres, cuando la ancianidad austera señalaba al tierno niño caminos de honradez y estudio  como los únicos capaces de conducir al triunfo deseado, que llegaría un día en el cual su obscuro nombre habría de circular por el mundo, codicioso de servir á la patria, bajo la sombra protectora de aquella Universidad, cuyos resplandores deslumhraban su espíritu!
Créeme: no puedo visitarte sin emocionarme; ni puedo,  lejos de ti, evocar tu imagen, sin que mi espíritu reproduzca  una y otra vez, esos crepúsculos vespertinos, cuando  acompañado de Unamuno, Segovia, Diez y Pérez Oliva, que  simbohzan perfectamente tus letras, tu carácter, tu hidalguía  y tu amistad, caen nuestras almas en estáticos transportes, al  ver desvanecerse entre las purpurinas sombras de tu cielo  diáfano, la diadema incomparable de torres, cúpulas, campanarios y cresterías que orlan tu frente; la venerable fas-tuosidad de tus escudos, donde el sol de los Solís, las estrellas de los Fonsecas y las flores lises de los Maldonados, acreditan tu linajuda nobleza; las filigranas platerescas de tus fachadas incomparables y las armónicas líneas de tus robustos palacios, á los cuales el ardiente Febo de Castilla ilumina con esos preciosos matices áureos y rosas que inflaman el amor de cuantos te visitan, haciendo que te consagren himnos inspirados y obras como las de Reynier.
En esa hora de las evocaciones misteriosas, cuando el silencio de tus calles es roto por el tañido de las campanas que alegraron siglos y siglos las fiestas escolares, mi espíritu, y el de aquellos mis amigos, se sienten llenos de las ejecutorias de tus Colegios mayores y menores. Recordamos que el Papa Alejandro IV te proclamó uno de los cuatro estudios generales del mundo, con París, Oxford y Bolonia; que fuiste luz del orbe después de la antigua Lutecia; que Cristóbal Colón recobró en tu seno sus ya desfallecidos alientos; Carlos Y se sintió deslumhrado con tus esplendores y magnificencias; gozaste del amor de los Pon-tífices, y promulgaste la grandeza de los Alfonsos, esos monarcas que tan ilustrada protección dispensaron á los judíos.
Y entonces, al conjuro de las campanadas que vienen de lo alto, las sombras de tus plazoletas, calles y encrucijadas, parecen llenarse de muchedumbres escolares; de aquellos arrogantes tipos de todos los reinos españoles, que contrastan sus cenceños y tostados rostros, y las becas verdes, azules, rojas y violetas de sus trajes, parecidas á flores semovientes de un jardín fantástico, con las cabezas pelirojas y las fisonomías rubicundas de los irlandeses, que bañan sus cuerpos en las aguas finas del Termes todo el año. Creemos ver resurgir las procesiones de tus grados académicos, marchando los doctores exornados de terciopelos y encajes, con los tocados polícromos de sus Facultades: blancos verdes, azules, rojos y amarillos. Nos ensordece el estrépito de tus campanas: argentinas y vibrantes las de San Martín, graves y lentas las de la Catedral y desvanecidas las de las iglesias lejanas, y percibimos el vocerío, los vítores, las músicas y los himnos de tus falanges estudiantiles, que atruenan la urbe universitaria con las apoteosis edificantes del saber, la juventud y la belleza.
Allí está aún el escenario de tantas glorias; allí las cátedras donde innúmeros sabios, entre ellos no pocos hebreos, conquistaron universal admiración; allí palpita hoy mismo el alma de aquellas lumbreras que afamaron épocas, nombres Y doctrinas; allí descansan en sus sepulcros de piedra las cenizas de tus proceres inmo'tales, y, como advierte ünamuno, allí, en las aulas, yacen grabados todavía los ecos del  amor en los troncos muertos, donde se apoyaron los codos de tantas generaciones estudiosas, y resonaron las enseñanzas de tantos maestros insignes, porque se leen:
Allí Teresa, Soledad, Mercedes,
Carmen, Olalla, Concha, Lola ó Pura,
Nombres que fueron miel para los labios.
Brasa en el pecho.  
Viviste mucho y lo fuiste todo: campo de edificacionesy libertades, y á las veces ergástula de miserias y fanatismos. Nada te supera como síntesis de la vida nacional, ni te iguala nada en reflejar tan fielmente las transformacio-nes y cambios de la patria imperecedera. Remontaste mucho el vuelo y luego caiste á lo hondo del barranco; pero también, como España, sientes la savia de nueva primavera encendertu alma, y á su hirviente vida retoñas, y despuntan ya las floraciones espléndidas, que proclamarán mañana otra vez elvaler, la sabiduría y el amor de tus esclarecidos hijos.
 Por eso á ti, Salamanca querida, dedico esta obs ilustres; á tu rector, Miguel de Unamuno; á tus cuatro decanos: Teodoro Peña, de Leyes; Santiago Martínez, de Filosofía yLetras; Isidro Segovia, de Medicina, y Eduardo No, de Ciencias; á tu brillante juventud escolar y pido á Dios me permita asistir en persona y con servicios á la obra hermosa de tu regeneración y engrandecimiento, para que tornes á serlo que por muchos siglos fuiste: la villa insigne  madre de las virtudes, antorcha de las ciencias y emporio de las artes. 
Ángel Pulido Fernández
Senador por la Universidad de Salamanca,

sábado, 6 de julio de 2024

CARRASCON -

 CARRASCON
POR FERNANDO DE TEJEDA
PARA BIEN DE ESPAÑA
 

OBSERVACIONES PREVIAS. 

De la lectura de este libro se deducen , acerca de su autor , las siguientes noticias. Pudo , muy bien, llamarse Tomas Carrasco , como dice la portada, y como indica Lucio Frezza, en los versos italianos que hizo en elojio suyo, cuando le llama le señala con las iniciales T. C. — Nació a ultimos del Reinado de Felipe Il pues cuando su hijo Felipe lll, ya Rey, fué a Burgos a tenér novenas , era C.(Carrascón) frayle alli, y estudiante en Artes, en el convento de S. Agustin de aquella ciudad: en el mismo convento fué, conventual alguna tiempo. Huyo del convento y de España, sin determinado plan , y aun sin gran escandalo, o noticia que tuviesen acerca de sus opiniones relijiosas , pues el mismo nos dice, que si hubiera querido volverse a España, aun estaba a tiempo de hacerlo cuando escribia su obra. Dejó en España , al salir de ella , cuatro hermanos , los tres mayores que él, menor el otro : y tres hermanas , la una mayor , las dos menores. Ya por. entonces habia muerto su madre, pero su Padre vivia.

Sus padres y familia eran en calidad hidalgos , en linaje ilustres , y en hazienda ricos. Pareze haberse casado en su emigración , y probablemente en Inglaterra: y de su matrimonio tuvo , a lo menos , dos hijas , Marta y Maria. Le protejió el Rey Jacobo de Inglaterra, el cual le nombro canónigo de la Catedral de Hereford , y Vicario de Blakmer. De orden del mismo Rey tradujo al espanol la Liturjia inglesa. Compuso ademas tres obras orijinales , en latin. Un gran volumen que intituló De Monachalu. Otra obra, « Decontradictionibus Doctrine Ecclesiae Romane» y la tercera , tambien en latin intituld «Carrascon.» De ella, sacó o extracto éste , que es parte pequeña , nos dice , de un volumen grande.
A esto se reduzen las noticias que de si mismo , nos da el autor de este bien escrito libro.
Es probable, que en sus demas obras, que no imprimio , singularmente en la «de Mona- chatu» diese mayor cuenta de si y de su vida y al mismo tiempo , diese noticias de los reformadores españoles ,del reinado de Felipe Il, pues T. Carrasco , puede llamarse el hijo o heredero de aquellos entusiastas infelizes: o como otros dirian; una de las ultimas lumbreras del protestantismo español en el S. XVII.
Lamentable es la pérdida de esas obras, para el aficionado a investigar las memorias antiguas de España, y mas en asunto tan escaso de noticias. En punto a las opiniones y controversias relijiosas que en la obra se tocan, no ocurre decir , sino, que ahi estan bien claras en toda la obra: ahi estan manifiestas , con sus errores y sus aciertos , y esforzadas con la viveza y natural elocuencia del estilo de su autor.
T. Carrasco merece que aun sus mayores enemigos : esto es , los mas encarnizados impugnadores de sus doctrinas , al hablar de él , lo hagan con respeto y decoro , no por su desgraciada suerte en vida, y porque asi lo dicten tambien las leyes de esto que llamamos «Republica literaria» pues dicho autor pertenece a una causa ya vencida en España y que, para ser vencida , se vio despojada de sus mas empeñados defensores , por medio de inquisitoriales hogueras , y exterminadores tormentos ; no por solo esto debe ser, hasta cierto punto, respétado T. Carrasco , por los del bando opuesto al suyo ; sino tambien porque reconoce el mérito , doctrina, ; y relijiosidad de muchos sabios y piadosos varones romanistas. 7 En que autor romano v. g. se hallaran elojios mas completos de Fr. Luis de León , Fr. Luis de Granada , Benito Arias Montano y otros ; que los hechos, y puestos en este su libro, por a T. Carrasco ;¿Y no merezerá por esto una buena correspondencia?

MARCELA - La Estudiosísima-

 CARTA A MARCELA

POR SAN JERÓNIMO

249- 255

34

A MARCELA

Marcela, la philoponotate (¡cuánto nos place este superlativo!), la «estudiosísima» (con un matiz del sentido del studium latino), era también una preguntona. ¡ Y qué gozo para Jerónimo responder a las preguntas de aquella maravillosa alumna, haciendo un alarde de erudición bíblica, aunque para dictar la carta hubiera que quitar las horas al sueño! Sólo un importuno dolor de estómago hace parar la mano veloz del taquígrafo o «notario», que acaso tenía más ganas de dormir que de trazar garabatos, y bendijo para sus adentros el oportuno dolor. Hay en estas cartas pormenores, una mera pala- bra a veces, que nos revela todo un mundo. Por ejemplo, cuando aquí Jerónimo le dice a Marcela, a propósito de la consulta que le ha hecho: Miror te in Hilarii commentariis non legisse ... Efectivamente, Hilario, obispo de Poitiers, escribió unos tractatus super psalmos (h. 365 ), en que, siguiendo a Orígenes, busca principalmente el sentido alegórico. ¿Era obligación de Marcela haberlos oído? ¿Hemos de imaginárnosla, no sólo atenta a las explicaciones de Jerónimo, sino inclinada pacientemente sobre el volumen del Pictaviense? ¿Cómo explicarnos de otro modo la admiración, la extrañeza del maestro? El, sí, había leído despacio a Hilario de Poitiers y admira no sólo su ciencia, sino sobre todo su figura. Por la gloria de su confesión, es decir, de su martirio, de su destierro por la buena causa de la ortodoxia antiarriana, por sus múltiples obras y el esplendor de su elocuencia, es celebrado dondequiera se pronuncia el nombre de Roma. Es bien notemos la reverencia de un padre por otro padre, de Jerónimo por Hilario. Tanto, en este caso, que Jerónimo no puede imaginar que errara Hilario en la interpretación de un versículo de un salmo y atribuye el error a su secretario. Cosa que no sabemos qué tal le sabría a éste. La verdad es que, para nosotros, tan fantástica o poco menos es la exégesis de Jerónimo como la de Hilario de Poitiers. Todos andaban más o menos a tientas en la pesquisa de la inteligencia espiritual. ¡Sombra larga de Orígenes!

Fecha: 385

AD MARCELLAM

Fecha: 385.

 l. El bienaventurado Pánfilo, mártir, cuya vida escribió Eusebio, obispo de Cesarea, en tres volúmenes, queriendo emular J. Demetrio de Falero y Pisístrato en amor a la biblioteca sagrada, anduvo buscando por todo el orbe los retratos de los ingenios, que son los verdaderos y eternos monumentos. Su principal interés lo dedicó a los libros de Orígenes, que luego regaló a la iglesia de Cesarea, cuya biblioteca, en parte deteriorada, se esforzaron en restaurar en pergaminos primero Acacio y luego Euzoio, obispo de la misma Iglesia. Mucho fue lo que halló, y de lo hallado nos dejó catálogo; pero, por el hecho de no haber inscrito en el catálogo el comentario al salmo 126 y el tratado sobre la letra pin, confesó no haberlos encontrado. No que hombre tal y tan grande-a Adamancio me refiero-omitiera nada, sino que por incuria de la posteridad no llegó - hasta nosotros. Digo esto porque me has preguntado qué signifique en ese mismo salmo «el pan del dolor» en el paso que dice: En vano os levantáis antes de la luz ; levantaos despnés de estar sentados los qtte coméis el pan del dolor (Ps 126,2); y yo hube de responderte que desconocía la opinión de Orígenes en sus comentarios

. 2. Por eso hube de recurrir al hebreo y allí encontré que por «pan del dolor» se escribe leem aasabim, que Aquila tradujo ápTov TWV fücnrovr¡μáTc.vv, es decir, «pan de trabajos»; Símmaco, o:pTov KaKoTTa.Sovμevov, que quiere decir «pan trabajoso»; la quinta edición y Teodoción, que en lo demás coincide con los Setenta, «pan de los ídolos». La sexta, TTAávr¡s, es decir, «del error». No es de maravillar que Aquila ponga 5tairnvi¡μaTcx por «ídolos», puesto que son_ obras de manos de los hombres, y se reprende proféticamente al pueblo de que se levanta en vano de madrugada y, después del descanso, se va a toda prisa al santuario, para tributar a los ídolos el honor debido a Dios. Que es lo que escribió Ezequiel, que en el templo mismo los sacerdotes sacrifican a los ídolos (Ez 8,11). Para que te persuadas más plenamente que en hebreo se pone por «dolor» «ídolos», esta misma palabra aasabim, que se escribe también en el salmo ciento trece, la tradujeron también los Setenta por «ídolos». Efectivamente, en el lugar en que nosotros leemos: Los ídolos de las naciones son oro y plata, obras de manos de los hombres (Ps 113,12), el hebreo trae asabeem, que Aquila traduce por «trabajos de ellos». Siendo, pues, esto verdad, erróneamente entienden algunos el pan del dolor por los misterios de los herejes, o lo declaran del trabajo de esta vida miserable y penosa, en que tenemos que comer el pan con el sudor de la frente, y los alimentos de nuestra breve vida nos nacen entre cardos y espinas.

3. También te has dignado preguntarme a propósito del mismo salmo quiénes son los «hijos de los sacudidos». Admírome no hayas leído en los comentarios de Hilario (Tract. in Ps 126,19) que por «hijos de los sacudidos» se entienden los pueblos creyentes, por haber pensado él que los apóstoles fueron llamados con ese nombre. Efectivamente, a los apóstoles se les manda en los evangelios que, si entran en una ciudad y no los quieren recibir. sacudan el polvo de sus pies para testimonio de los que no creen. A lo que tú con sentido crítico argüirás no poderse entender a los apóstoles con el nombre de «sacudidos», pues una cosa son los que sacuden y otra - los sacudidos. Los que sacuden, sacuden ellos; los sacudidos, lo son por otros y es improcedente llamar sacudidos a los apóstoles, que debieran más bien llamarse sacudidores. ¿Qué hacer, pues? Yo no me atrevo a censurar a tan gran varón, elocuentísimo para su tiempo, quien, por la gloria de su confesión:, por la laboriosidad de su vida y la claridad de su elocuencia es celebrado por dondequiera se respeta el nombre de Roma. La verdad es que el error no fue culpa suya, pues ignoraba la lengua hebrea· y sólo logró un tinte ligero de letras griegas; sino del presbítero Heliodoro, su familiar, y a quien le preguntaba, · en los puntos que. no entendía, lo que hubiera dicho Orígenes. Heliodoro, pues, al no dar con el comentario de Orígenes sobre este salmo, prefirió insinuar su opinión antes que confesar su ignorancia. Hilario la aceptó y la expuso en lenguaje claro; y así prestó al error ajeno el brillo de su elocuencia.

 4. Resta, pues, recurrir nuevamente a la fuente del hebreo y veamos qué se escribe en él. Donde nosotros tenemos «hijos de los sacudidos», el hebreo dice: chen bne annaurim, que Aquila tradujo «así los hijos de las pubertades», Símmaco y Teodoción «así los hijos de la juventud», la sexta r¡Kov1wÉvo1,. que nosotros podemos decir «de inteligencia aguda». Por ahí se ve claramente que por pueblos de la mocedad han de entenderse los cristianos, a ejemplo de lo que se dice que Dios tiende a sus santos a manera de arco y saetas, como en el profeta Zacarías : Te he tensado para mí, Judá, como un arco (Zach 9,13). Y el Salvador dice de sí mismo: Hizo de· mí saeta aguda y me escondió en su aljaba (Is 49,2). Finalmente, en el verso siguiente, si se exceptúa a los Setenta, que trasladaron de otro modo, tanto en el hebreo como en las demás ediciones hallé este tenor : Bienhadado el varón que llenare de ellas su aljaba (Ps 126,5). De esta manera, la metáfora que se había tomado de las saetas, se mantiene también en la aljaba. Por otra parte, el lenguaje corriente llamaba «excussos» (sacudidos) a los «sanos», «robustos» y «ágiles», y los mismos Setenta lo tradujeron por «mozos» en el libro de Esdras, en el paso que dice: Y sucedió desde aquel día que una

mitad de los mozos (sxcussr) trabajaban en la obra, y otra mitad empuñaban .lanzas y escudos y arcos y corazas, y los principales estaban detrás de toda la casa de Judá, que edificaban las murallas (2 Esdr 4,16-17). Por donde se ve que también en el presente lugar se puso «sacudidos» por «jóvenes y mozos», no por apóstoles, corno opinó el otro, que se llamarían «sacudidos» por el sacudir de los pies. También he leído un libro de cierto intérprete y en él he hallado este elegante sentido: Los judíos serían llamados «sacudidos» del templo, de la ley y de la gracia, es decir, «reprobados». Hijos suyos serían los apóstoles, que proceden de su casta, y están en la mano del Señor a manera de saetas. S.

También en el salmo siguiente hubo de ser más bien Heliodoro quien se equivocó, que no nuestro Hilario. En el paso que se escribe: «Comerás los trabajos de tus frutos», expresó diversas opiniones para terminar afirmando que la frase estaría mejor escribiendo que alguien come «los frutos de sus trabajos», que no los «trabajos de sus frutos». Por lo que dice habría que buscarse un sentido espiritual. Y, con· esa ocasión, hace una larga digresión y se esfuerza en persuadir lo que deseaba se entendiera con tanto trabajo cuanto necesita siempre la falsedad para aparecer como verdad. Pero la verdad es que aquí no fueron los Setenta, sino los traductores latinos los que se dejaron engañar por la ambigüedad de la palabra griega Kap;roús que tradujeron por «frutos» en vez de «manos». Pero xoprroí significa también «manos» y así en el hebreo se pone chaffach, y Símmaco y la quintaedición trasladaron «de sus manos», con lo que desaparece la ambigüedad de la expresión anterior.

 6. Hasta -aquí había dictado en trabajo, como dicen, furtivo durante una sola velada y la mano veloz del secretario o taquígrafo lo había consignado; pensaba proseguir, había pasado ya casi la hora cuarta de la noche, cuando hube de levantarme repentinamente por unos como pinchazos de dolor de estómago y me postré en oración, a ver si por lo menos, en lo que quedaba de noche, se calmaba el dolor al sobrevenir el sueño

EL NIÑO BIRMANO SOO THAH *BUNKER* 42-48

  EL NIÑO BIRMANO SOO THAH Por ALONZO BUNKER Durante treinta años, residente entre los Karen New York Chicago Toronto        1902 ...