sábado, 29 de junio de 2024

WICLEF - 51-53

EL GRAN CONFLICTO

HELEN DE WHITE

Entre Cristo y Satanás revelado en las vidas y luchas del pueblo de Dios desde el tiempo de Cristo a través de los siglos hasta nuestro tiempo y más allá.

51-53

Como el sagrado libro apelaba a la razón, logró despertar a los hombres de su pasiva sumisión a los dogmas papales. En lugar de estos, Wiclef enseñaba las doctrinas distintivas del protestantismo: la salvación por medio de la fe en Cristo y la infalibilidad única de las Sagradas Escrituras. Los predicadores que él enviaba ponían en circulación la Biblia junto con los escritos del reformador, y con tan buen éxito, que la nueva fe fue aceptada por casi la mitad del pueblo inglés.

La aparición de las Santas Escrituras llenó de profundo desaliento a las autori­dades de la iglesia. Estas tenían que hacer frente ahora a un agente más poderoso que Wiclef: una fuerza contra la cual todas sus armas servirían de poco. No había ley en aquel tiempo que prohibiese en Inglaterra la lectura de la Biblia, porque jamás se había hecho una versión en el idioma del pueblo. Tales leyes se dictaron poco des­pués y fueron puestas en vigor del modo más riguroso; pero, entretanto, y a pesar de los esfuerzos del clero, hubo oportunidad para que la Palabra de Dios circulara por algún tiempo.

Nuevamente los caudillos papales qui­sieron imponer silencio al reformador. Le citaron ante tres tribunales sucesivos, para juzgarlo, pero sin resultado alguno. Pri­mero un sínodo de obispos declaró que sus escritos eran heréticos, y logrando atraer a sus miras al joven rey Ricardo II, obtuvo un decreto real que condenaba a prisión a todos los que sostuviesen las doctrinas condenadas.

Wiclef apeló de esa sentencia del sínodo al parlamento; sin temor alguno demandó al clero ante el concilio nacional y exigió que se reformaran los enormes abusos san­cionados por la iglesia. Con notable don de persuasión describió las usurpaciones y las corrupciones de la sede papal, y sus enemi­gos quedaron confundidos. Los amigos y partidarios de Wiclef se habían visto obli­gados a ceder, y se esperaba confiadamente que el mismo reformador al llegar a la vejez y verse solo y sin amigos, se inclinaría ante la autoridad combinada de la corona y de la mitra. Mas en vez de esto, los papistas se vieron derrotados. Entusiasmado por las elocuentes interpelaciones de Wiclef, el parlamento revocó el edicto de persecución y el reformador se vio nuevamente libre.

Por tercera vez le citaron para for­marle juicio, y esta vez ante el más alto tribunal eclesiástico del reino. En esta corte suprema no podía haber favoritismo para la herejía; en ella debía asegurarse el triunfo para Roma y ponerse fin a la obra del reformador. Así pensaban los papistas. Si lograban su intento, Wiclef se vería obligado a abjurar sus doctrinas o de lo contrario no saldría del tribunal más que para ser quemado.

Empero Wiclef no se retractó, ni quiso disimular nada. Sostuvo intrépido sus enseñanzas y rechazó los cargos de sus per­seguidores. Olvidándose de sí mismo, de su posición y de la ocasión, emplazó a sus oyentes ante el tribunal divino y pesó los sofismas y las imposturas de sus enemigos en la balanza de la verdad eterna. El poder del Espíritu Santo se dejó sentir en la sala del concilio. Los circunstantes notaron la influencia de Dios y parecía que no tuvieran fuerzas suficientes para abandonar el lugar. Las palabras del reformador eran como flechas de la aljaba de Dios, que penetraban y herían sus corazones. El cargo de herejía que pesaba sobre él, Wiclef lo lanzó contra ellos con poder irresistible. Los interpeló por el atrevimiento con que extendían sus errores y los denunció como traficantes que por amor al lucro comerciaban con la gracia de Dios.

“¿Contra quién pensáis que estáis con­tendiendo?dijo al concluir—. ¿Con un anciano que está ya al borde del sepulcro? ¡No! ¡contra la Verdad, la Verdad que es más fuerte que vosotros y que os vencerá!” (Wylie, lib. 2, cap. 13). Y diciendo esto se retiró de la asamblea sin que ninguno de los adversarios intentara detenerlo.

La obra de Wiclef quedaba casi con­cluida. El estandarte de la verdad que él había sostenido por tanto tiempo iba pronto a caer de sus manos; pero era necesario que diese un testimonio más en favor del evangelio. La verdad debía ser proclamada desde la misma fortaleza del imperio del error. Fue emplazado Wiclef a presentarse ante el tribunal papal de Roma, que había derramado tantas veces la sangre de los santos. Por cierto que no dejaba de darse cuenta del gran peligro que le ame­nazaba, y sin embargo, hubiera asistido a la cita si no se lo hubiese impedido un ataque de parálisis que le dejó imposibilitado para hacer el viaje. Pero si su voz no se iba a oír en Roma, podía hablar por carta, y resolvió hacerlo. Desde su rectoría el reformador escribió al papa una epístola que, si bien fue redactada en estilo respetuoso y espíritu cristiano, era una aguda censura contra la pompa y el orgullo de la sede papal.

“En verdad me regocijo—decía—en hacer notoria y afirmar delante de todos los hombres la fe que poseo, y especialmente ante el obispo de Roma, quien, como supongo que ha de ser persona honrada y de buena fe, no se negará a confirmar gustoso esta mi fe, o la corregirá si acaso la encuentra errada.

“En primer término, supongo que el evangelio de Cristo es toda la sustancia de la ley de Dios [...]. Declaro y sostengo que por ser el obispo de Roma el vicario de Cristo aquí en la tierra, está sujeto más que nadie a la ley del evangelio. Porque entre los discípulos de Cristo la grandeza no consistía en dignidades o valer mundanos, sino en seguir de cerca a Cristo e imitar fielmente su vida y sus costumbres [...]. Durante el tiempo de su peregrinación en la tierra Cristo fue un hombre muy pobre, que despreciaba y desechaba todo poder y todo honor terreno [...].

“Ningún hombre de buena fe debiera seguir al papa ni a santo alguno, sino en aquello en que ellos siguen el ejemplo del Señor Jesucristo, pues San Pedro y los hijos de Zebedeo, al desear honores del mundo, lo cual no es seguir las pisadas de Cristo, pecaron y, por tanto, no deben ser imitados en sus errores [...].

“El papa debería dejar al poder secular todo dominio y gobierno temporal y con tal fin exhortar y persuadir eficazmente a todo el clero a hacer otro tanto, pues así lo hizo Cristo y especialmente sus apóstoles. Por consiguiente, si me he equivocado en cualquiera de estos puntos, estoy dispuesto a someterme a la corrección y aun a morir, si es necesario. Si pudiera yo obrar con­forme a mi voluntad y deseo, siendo dueño de mí mismo, de seguro que me presentaría ante el obispo de Roma; pero el Señor se ha dignado visitarme para que se haga lo contrario y me ha enseñado a obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Al concluir decía: “Oremos a Dios para que mueva de tal modo el corazón de nues­tro papa Urbano VI, que él y su clero sigan al Señor Jesucristo en su vida y costumbres, y así se lo enseñen al pueblo, a fin de que, siendo ellos el dechado, todos los fieles los imiten con toda fidelidad”. J. Foxe, Acts and Monuments 3:49, 50.

Así enseñó Wiclef al papa y a sus car­denales la mansedumbre y humildad de Cristo, haciéndoles ver no solo a ellos sino a toda la cristiandad el contraste que había entre ellos y el Maestro de quien profesa­ban ser representantes.

Wiclef estaba convencido de que su fidelidad iba a costarle la vida. El rey, el papa y los obispos estaban unidos para lograr su ruina, y parecía seguro que en pocos meses a más tardar le llevarían a la hoguera. Pero su valor no disminuyó. “¿Por qué habláis de buscar lejos la corona del martirio?—decía él—. Predicad el evan­gelio de Cristo a arrogantes prelados, y el martirio no se hará esperar. ¡Qué! ¿Viviría yo para quedarme callado? [...] ¡Nunca! ¡Que venga el golpe! Esperándolo estoy” (D’Aubigné, lib. 17, cap. 8).

No obstante, la providencia de Dios velaba aún por su siervo, y el hombre que durante toda su vida había defendido con diariamente al peligro, no había de caer víctima del odio de sus enemigos. Wiclef nunca miró por sí mismo, pero el Señor había sido su protector y ahora que sus ene­migos se creían seguros de su presa, Dios le puso fuera del alcance de ellos. En su iglesia de Lutterworth, en el momento en que iba a dar la comunión, cayó herido de parálisis y murió al poco tiempo.

Dios le había señalado a Wiclef su obra. Puso en su boca la palabra de verdad y colocó una custodia en derredor suyo para que esa palabra llegase a oídos del pueblo. Su vida fue protegida y su obra continuó hasta que hubo echado los cimientos para la grandiosa obra de la Reforma.

Wiclef surgió de entre las tinieblas de los tiempos de ignorancia y superstición. Nadie había trabajado antes de él en una obra que dejara un molde al que Wiclef pudiera atenerse. Suscitado como Juan el Bautista para cumplir una misión especial, fue el heraldo de una nueva era. Con todo, en el sistema de verdad que presentó hubo tal unidad y perfección que no pudieron superarlo los reformadores que le siguie­ron, y algunos de ellos no lo igualaron siquiera, ni aun cien años más tarde. Echó cimientos tan hondos y amplios, y dejó una estructura tan exacta y firme que no necesitaron hacer modificaciones los que le sucedieron en la causa.

El gran movimiento inaugurado por Wiclef, que iba a libertar las conciencias y los espíritus y emancipar las naciones que habían estado por tanto tiempo atadas al carro triunfal de Roma, tenía su origen en la Biblia. Era ella el manantial de donde brotó el raudal de bendiciones que como el agua de la vida ha venido fluyendo a través de las generaciones desde el siglo XIV. Con fe absoluta, Wiclef aceptaba las Santas Escrituras como la revelación inspirada de la voluntad de Dios, como regla suficiente de fe y conducta. Se le había enseñado a considerar la iglesia de Roma como la autoridad divina e infalible y a aceptar con reverencia implícita las enseñanzas y cos­tumbres establecidas desde hacía mil años; pero de todo esto se apartó para dar oídos a la santa Palabra de Dios. Esta era la autori­dad que él exigía que el pueblo reconociese. En vez de la iglesia que hablaba por medio del papa, declaraba él que la única autori­dad verdadera era la voz de Dios escrita en su Palabra; y enseñó que la Biblia es no solo una revelación perfecta de la voluntad de Dios, sino que el Espíritu Santo es su único intérprete, y que por el estudio de sus enseñanzas cada uno debe conocer por sí mismo sus deberes. Así logró que se fijaran los hombres en la Palabra de Dios y dejaran a un lado al papa y a la iglesia de Roma.

Wiclef fue uno de los mayores reforma­dores. Por la amplitud de su inteligencia, la claridad de su pensamiento, su firmeza para sostener la verdad y su intrepidez para defenderla, fueron pocos los que le igualaron entre los que se levantaron tras él. Caracterizaban al primero de los refor­madores su pureza de vida, su actividad incansable en el estudio y el trabajo, su integridad intachable, su fidelidad en el ministerio y sus nobles sentimientos, que eran los mismos que se notaron en Cristo Jesús. Y esto, no obstante la oscuridad inte­lectual y la corrupción moral de la época en que vivió.

El carácter de Wiclef es una prueba del poder educador y transformador de las Santas Escrituras. A la Biblia debió él todo lo que fue.

 

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