jueves, 26 de febrero de 2026

PABLO BURGESS _FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO

 Domingo, 29 de noviembre de 2015

PABLO BURGESS _FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO Por Anna Marie Dahiquist

FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO
Por Anna Marie Dahiquist
Capítulo once
En la Cárcel
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Los misioneros sentían renovadas sus fuerzas, pero la situación internacional había empeorado. Incluso la familia de Pablo fue afectada, pues el esposo de Anita, su hermana, murió en el frente de batalla, al otro lado del Atlántico. Fallecieron también en la guerra varios compañeros de estudio, un primo llamado Alberto Hertz; y quince jóvenes de la congregación alemana de Quezaltenango fueron llama­dos a filas y a batalla en ultramar.

"Ya estamos cansados de la guerra," escribió Pablo en sus apuntes.

Al poco tiempo, Guatemala rompió relaciones diplomáti­cas con Alemania, y reclutó tropas para enviarlas a la fron­tera mexicana. Alemania procuraba que México se pusiera de su lado.

Pablo estaba dedicando una capilla nueva en el frío pueblo de Sija, cuando entraron unos policías, agarraron a dos jóvenes que hasta entonces se habían escondido, y los reclu­taron en el instante.

¡Cómo había sufrido la iglesia de Sija! Primero había sido azotada por la persecusión religiosa; y ahora, cuando los creyentes al fin habían logrado construir una capilla propia, el pueblo quedaba reducido a mujeres y niños indefensos. ¿Quiénes se encargarían de trabajar en las siembras y las cosechas?

¿Cuándo se acabará este militarismo alemán? se pre­guntaba Pablo una y otra vez.

¡Tanto dolor que han causado los alemanes!— agregó Dora. —Sin embargo, tengo muchas amigas alemanas; y seguirán siendo mis amigas, pase lo que pase.

¡Bravo! Sigue invitándolas a tomar té. Yo seguiré predi­cando en los servicios en alemán. Debemos ser fieles a nues­tras responsabilidades, aunque no sea popular tener amis­tad con ellos— replicó Pablo.

Tenían muchos amigos alemanes. Uno de ellos vivía en una enorme mansión sobre una colina; tenía quince sirvien­tes solo para la casa, y empleaba a mil hombres para traba­jar en sus sembríos de café. Sin embargo, Pablo decía que no se sentía inferior al finquero, pues le había ganado en ajedrez.

Pero no todos los alemanes eran amigables. Cierto día, se había ido a trabajar en la finca El -Reposo. Se fue a pie. Había dejado de viajar a caballo, desde que se dio cuenta de que al ir a pie tenía más oportunidades para evangelizar en el camino.

Como a mediodía Pablo llegó a la finca. Se acercó con cautela a la puerta de hierro. Una mujer delgada, de largas trenzas, le abrió la puerta.

Cuando la señora se enteró del propósito que traía al misionero, sonrió y dijo: —¡Yo conozco a esa familia! Yo también soy creyente. Pero le advierto que el patrón es muy raro, y que no le gustan las visitas. Pase usted adelante.

Pablo la siguió hasta la casa de hacienda. Dos inmensos perros salieron ladrando furiosamente, seguidos por un hombre corpulento y rubio.

—¿Y quién es usted?— preguntó a gritos el dueño de la finca.

—Pablo Burgess, a sus órdenes.

Hablaremos después de que yo almuerce,— dijo el fin­quero bruscamente. Con eso cerró la puerta, dejando al misionero afuera. La brisa le traía el aroma de la carne asada y del pan recién horneado. ¡Claro! Era la hora del almuerzo, pero era obvio que no se le iba a ofrecer nada.

Pasado un buen rato, el finquero se asomó de nuevo, pre­guntando ásperamente: —Y bien, ¿qué quiere?

Quisiera pedir permiso para tener un servicio para los evangélicos— respondió Pablo en alemán.

—El finquero frunció el ceño. —La religión católica es mala, pero la protestante es peor. ¿Sabe usted cuál es la religión nuestra? Es el trabajo. No se permite nada de música ni de bulla.

—Pero la gente tiene derecho de adorar a Dios. No pueden estar trabajando todo el tiempo. ¿No cree usted que tienen alma?

El hombre se puso furioso. —Si tienen almas, ¡que las salven por medio del trabajo! No le permitiré ni siquiera que eleve una oración en sus chozas. ¡Fuera!

Pablo retrocedió, y consideró que era mejor retirarse. Desde luego, señor. Esta finca es suya. Buenas tardes._

Saliendo de la finca, el misionero se encaminó hacia el pueblo más cercano. Casi podía saborear las tortillas calien­tos y la deliciosa carne de venado que se vendía en un pequeño comedor allí. Pero antes de que llegara al pueblo, un grupo de soldados armados le salió al paso.

¡Usted está detenido! le dijeron, secamente.

—¿Por qué?— preguntó Pablo, procurando reponerse de la sorpresa.

El dueño de El Reposo nos telegrafió. Lo acusa de ser un norteamericano subversivo, que trata de soliviantar a su gente.

Pablo no tuvo más remedio que seguir a los soldados. Después de varias horas de camino llegaron a la cárcel mili­tar. El misionero miró su reloj. Eran las cuatro de la tarde, y no había probado bocado desde el desayuno.

—El teniente se fue a Coatepeque a reparar su sable,— le explicó un soldado. —Usted tendrá que pasar la noche aquí, y mañana puede presentarle su caso. A ver qué hace con usted.

Cansado, Pablo se puso de cuclillas en el patio, y sacó del bolsillo su Nuevo Testamento.

Al poco rato, un grupo de presos y de soldados se le acercó, preguntándole con curiosidad: —¿Qué libro es ese?

Es el evangelio de Cristo— respondió el misionero. —Permítanme contarles acerca de El.

Con eso, el misionero pasó dos horas hablándoles del evangelio. Hasta se olvidó del hambre que traía. Por fin los hombres dejaron de hacerle preguntas, y se retiraron.

`Pablo se sentía a punto de desmayarse. —¿Hay algo para comer?— le preguntó a un soldado delgado y nervioso.

—Esa anciana vende comida— dijo el guarda, señalando hacia una mujer encorvada; —si es que usted tiene dinero con qué comprar.

Pablo se sentía mareado. Haciendo un esfuerzo se acercó a la mujer. Ella le sirvió, en una hoja de banano, un poco de yuca hervida. Luego lavó una taza mugrienta en una palan­gana de agua turbia, y le sirvió café negro y espeso.

 Era lo único disponible, así que Pablo tuvo que confor­marse.

Para cuando terminó de comer, el sol ya se había puesto. Los presos fueron llevados a un cuarto grande y sin venta­nas, para que pasaran la noche. El piso estaba húmedo, y olía mal. No había camas.

Pablo se acostó en el suelo. Tenía la mente turbada. Sesentía confuso. Aquel finquero se había portado muy mal. Por un breve momento le dieron ganas de reunir a los solda­dos y marchar hacia El Reposo para demandar, en nombre de la ley, que el dueño respetara la libertad de culto de los trabajadores.

No obstante, Pablo sabía que nunca lograría nada si tra­taba de vengarse. Sabía que, más bien, debía perdonar al finquero, de la manera como Cristo perdonó a Sus verdugos. Mientras daba vueltas sobre el piso, oró en silencio: "Perdó­nanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Oh, Señor, yo perdono al finquero."

No podía dormir; el piso estaba demasiado húmedo. Entonces se dio cuenta de que se le acercaba alguien que olía a aguardiente. ¿Quién sería? ¿Algún despiadado criminal?

Yo ... yo eshtoy aquí por eshtar borrasho— explicó el hombre con palabras entrecortadas. —No sé por qué eshtá usted aquí, pero veo que no tiene chamarra. Mire, usted puede acoshtarse shobre eshte coshtal que tengo aquí.

—Gracias— murmuró Pablo. —Que Dios le bendiga, amigo.

Con el saco de cáñamo entre su cuerpo y el suelo, Pablo no sentía tanto la humedad; pero ni aun así podía dormir. Miles de pulgas le picaban, y tenía comezón en todo el cuerpo. Parecía que nunca amanecería.

Por fin llegó el amanecer, y también el teniente. Cuando éste se enteró de lo ocurrido, sus negros ojos ardieron en cólera. ¡Esos alemanes creen que Guatemala les pertenece! dijo furioso. —Usted puede salir libre, si promete regresar directamente a Quezaltenango.

Unas semanas más tarde, Pablo estaba conversando en su casa con un amigo. —De paso,— comentó el amigo, —hay un finquero alemán que han puesto preso aquí en la cárcel de Quezaltenango.

¿Quién es?— preguntó Pablo.

Es el dueño de la finca El Reposo. Dicen que insultó a un sargento, y que le dio de bofetadas; así que lo trajeron acá a Quezaltenango, y lo encarcelaron.

Pobre de él; debe tener hambre— dijo Pablo pensativo. Me acuerdo de cómo me sentí yo en la cárcel.

Cuando el amigó se despidió Pablo fue a la cocina. —Dora— dijo, —¿Dónde está aquel pudín de arroz tan deli‑cioso que hiciste? Tengo a un conocido en la cárcel, y quiero llevarle un poco.

El finquero, brusco como siempre, aceptó el pudín sin la menor seña de agradecimiento. El misionero dio media vuelta pora volver a su casa. De pronto, le sobrevino un presentimiento. ¿Cuántas veces estaría él preso detrás de paredes como aquellas? Recordó que Jesús había prometido que todo el que quisiera ser fiel al llamamiento divino, enfrentaría persecusión y sufrimientos.

 2    Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén.
    23    Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» El les dijo:
24    «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán.
    25    «Cuando el dueño de la casa se levante y cie
rre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: "¡Señor, ábrenos!" Y os responderá: "No sé de dónde sois." Lucas

lunes, 23 de febrero de 2026

¿A DONDE LLEVA CHAVEZ A VENEZUELA? Agosto de 2000

Sábado, 14 de mayo de 2016

¿A DONDE LLEVA CHAVEZ A VENEZUELA? Agosto de 2000

¿A  DONDE LLEVA CHAVEZ A VENEZUELA?
Por Rudolph Chelminski
EN NOVIEMBRE PASADO, un equipo venezolano de beisbol viajó a Cuba a jugar contra un equipo local entrenado nada menos que por Fidel Castro. Los visitantes perdieron, mas la derrota no mermó la admiración de su lanzador por el barbado comandante. "Estoy satisfecho de seguir el camino de Fidel", declaró el corpulento jugador. "Venezuela avanza en la misma dirección, hacia el mismo mar que el pueblo cubano, un mar de felicidad, justicia social y paz verdadera".
El lanzador vencido era Hugo Chávez, presidente de Venezuela, quien un mes después demostró la enorme influencia que el dictador cubano ejercía en él. Pese a que su país había sido asolado por una serie de inundaciones y aludes que dejó miles de muertos, Chávez rechazó la ayuda enviada por Estados Unidos en dos barcos llenos de tractores, excavadoras y aplanadoras, además de 450 ingenieros militares. Al parecer, consideró tal presencia de tropas en aguas venezolanas una violación de la soberanía nacional y la declaró indeseable.
Chávez no es comunista, pero al seguir el ejemplo de Castro está asumiendo el papel de caudillo. Impetuoso coronel del Ejército que estuvo en prisión por intentar un golpe de Estado y recibió luego el indulto, Chávez fue el candidato que más llamó la atención en las elecciones presidenciales de 1998. Orador nato, carismático y audaz, prometió acabar con la corrupción y mejorar las condiciones de vida del pueblo. Una aplastante mayoría de votos lo llevó a la presidencia.
En un año, una nueva constitución hecha a su conveniencia le ha dado inmenso poder. Y el poder es su idioma. "Estoy en guerra", clama. "Tengo la espada desenvainada".
Éste es un mal presagio. De hecho, el encumbramiento de Chávez se está convirtiendo en el último capítulo de una historia dolorosa: la de la pésima administración del que llegó a ser el país más prometedor de América Latina.
Riqueza dilapidada. 
Venezuela parece tenerlo todo: un clima tropical envidiable, grandes ríos que generan energía eléctrica e importantes yacimientos de oro y otros minerales valiosos. Pero, sobre todo, tiene enormes reservas de petróleo que lo convierten en el sexto mayor productor del mundo.
"Dios es venezolano", decían los habitantes de este país en los años 60 y 70. En efecto, Venezuela parecía ser un ejemplo para el resto de Latinoamérica: una democracia cuyo ingreso per cápita era el más elevado de la región, con una moneda sólida, inflación mínima y una tasa de crecimiento impresionante. Las cosas no podían pintar mejor.
Hoy en día, la situación es muy distinta. La mitad de la población vive en la pobreza, y la tasa de crecimiento del producto interno bruto es de menos 7.2 por ciento, la peor de la región.
Chávez tiene ante sí un enorme reto. Al aumentar la deuda externa, los capitales han huido; la inflación supera el 20 por ciento, y el desempleo real es imposible de medir (se calcula que oscila alrededor del 18 por ciento), ya que la economía informal impera en el país.
RESULTA IRÓNICO que los problemas de Venezuela hayan comenzado con la bonanza del petróleo. Durante la primera gran crisis petrolera de 1973-1974, el precio del barril de crudo aumentó de dos dólares a alrededor de diez, y las ganancias llenaron las arcas del Estado. Para gastarlas, el presidente Carlos Andrés Pérez puso en marcha un ambicioso plan al que llamó "la Gran Venezuela".
Nacionalizó el petróleo y la industria minera y expandió los sectores petroquímico, eléctrico, del aluminio y de las telecomunicaciones, que estaban ya en manos del gobierno. Se crearon monopolios estatales para comercializar cacao y café. "¡Vamos a cambiar al mundo!", alardeaba Pérez.
El gobierno construyó presas, ingenios azucareros, bodegas refrigeradas, plantas petroquímicas y cafetaleras, escuelas y hospitales, y compró barcos y aviones. La banca extranjera le concedía créditos rápidos, que esperaba cobrar en pocos años, pues se creía que el precio del petróleo se mantendría al alza.
Pero esto no sucedió. Tras alcanzar, en noviembre de 1980, una cotización máxima de 30 dólares, dicho precio se desplomó en los siguientes 20 años. Con todo, el gobierno se había comprometido a realizar fuertes gastos y la deuda pública creció a un ritmo alarmante.
Entre tanto, las empresas nacionalizadas, con el lastre del exceso de personal y la corrupción, y la incapacidad de producir bienes de calidad a precios competitivos, naufragaron. Aun cuando el problema era la desmedida intervención gubernamental, la única solución que se les ocurría era más estatismo.
 Las administraciones siguientes intentaron controlar la economía regulando cada proyecto industrial, cada importación de bienes y cada aumento de precios", señala Moisés Naím, venezolano que dirige la revista Foreign Policy. "Esa política fracasó".
TANTO O MÁS DEPLORABLE ha sido el trastrueque de valores
   que el plan de la Gran Venezuela provocó. "La gente piensa que lo que el gobierno posee es suyo también, así que, si lo toma, no lo considera un robo", explica el doctor Gustavo Villasmil, jefe de urgencias del mayor hospital público de Caracas. "Tengo policías armados en la sala de urgencias para evitar que la gente se robe el equipo, y aun así lo hacen. A veces no podemos realizar ni las operaciones más sencillas por la falta de instrumentos".
"Las ganancias petroleras destruyeron el valor del trabajo arduo", se queja Alberto Vollmer, cuya destilería familiar, ubicada cerca del pueblo de El Consejo, produce el mejor ron del país desde hace más de un siglo. "El oportunismo se ha generalizado. En Venezuela, todo el mundo quiere obtener algo, pero nadie está dispuesto a dar nada a cambio".
Los patrones, claro, se quejan de que los trabajadores no se esfuerzan. Lo asombroso es que Freddy Padrón, un líder sindical de la ciudad industrial de Valencia, opina lo mismo. "La gente no está educada para trabajar", dice. "En general, estoy en contra de la propiedad estatal. Creo en el libre mercado, pues es en él donde los trabajadores obtienen los mayores beneficios".
Sin embargo, sobre el sector privado de Venezuela pesan muchas restricciones, señala Flavio Fasano, empresario de Caracas. Sus padres abrieron una pequeña lavandería en 1968 y, gracias al trabajo arduo, ahora tienen cuatro y un total de 18 empleados. Pero la injerencia del gobierno los ha limitado. "Necesito permisos de por lo menos cuatro ministerios para cada cosa que quiero hacer", añade Fasano, "así que me la paso lidiando con la burocracia".
El gobierno lleva mucho tiempo manteniendo sumamente bajos los precios de la gasolina. En febrero de 1989, el anuncio de que planeaba aumentarlos fue una de las causas de un disturbio en Caracas que duró tres días y tuvo que ser reprimido por el Ejército, con un saldo de varios cientos de muertos.
Lo que ocurría era que el precio del petróleo estaba cayendo y el gobierno estaba hundido hasta el cuello en deudas.
Los sueños de prosperidad que muchos venezolanos tenían se han disipado. Chávez ha prometido acabar con la corrupción y hacer justicia, pero persiste la duda sobre la sinceridad de su compromiso con los ideales democráticos.
"Utiliza un lenguaje muy violento con el que pretende borrar hasta el último rastro de disidencia", advierte el cardenal de Venezuela, Rosalío Castillo Lara. "Es una retórica totalitaria".
La tentación del poder. Chávez sigue siendo muy popular porque, a diferencia de la repudiada vieja clase política, es un hombre surgido del pueblo, que sabe llegar al corazón de la gente común. En su programa dominical de radio, 'Aló Presidente", las ciudadanas le cuentan sus problemas cotidianos y él las llama mi amor".
Aunque Chávez es gran admirador de Simón Bolívar, en 1999 la prensa de Caracas reveló que había contestado una carta que le envió Ilich Ramírez Sánchez, el famoso terrorista venezolano conocido como Carlos el Chacal. Éste se halla hoy en una prisión de alta seguridad en Francia, y se dice que celebró la frase "Con profunda fe en la causa" con que Chávez terminaba su carta.
¿Cómo usará Chávez el enorme poder que tiene? "Lo que Venezuela debe hacer ahora es muy claro", señala Jonathan Coles, un próspero empresario venezolano de origen estadounidense que fue ministro de Agricultura durante el gobierno reformista de 1990-1993, el cual intentó privatizar la economía. "El Estado debe dejar aquello que no hace bien y dedicarse a invertir en salud y educación. Por lo que toca a la economía, cuando ofrezca suficiente libertad de acción a la empresa privada, fomente la competencia y cree una ley antimonopolios eficaz, estaremos ante un nuevo comienzo".
Parece que este camino no es el que Chávez desea seguir. Al menos eso demuestra PDVSA, el monopolio petrolero estatal que genera el 80 por ciento de los ingresos por exportaciones de Venezuela. A mediados de los años 70, tenía 33,000 empleados; en 1998, debido al apoyo que se dio a la investigación y el desarrollo, eran más de 50,000, sin que el volumen de producción de petróleo haya variado. Aun así, la nueva constitución de Chávez prohibe su privatización.
Con todo, si el coronel cumple su compromiso con la democracia y presta oídos a consejos económicos sensatos, el país podría salir de la crisis. Si no lo hace, los venezolanos lamentarán haberlo llevado al poder en 1998. En ambos casos, el camino será tortuoso.

Selecciones del Reader´s Digest 
  Agosto de  2000

CANCION QUE CONQUISTO JERUSALÉN

 Lunes, 8 de febrero de 2016

LA EPICA  CANCION QUE CONQUISTO JERUSALÉN EN LA GUERRA DE LOS SEIS DIAS
JERUSALEM DE ORO
Aire de montañas, cristalino como el vino,
y olor a pinos, llevado por el viento del atardecer
con sonido de campanas
y al descansar el árbol en la piedra, presa de su sueño,
la ciudad se encuentra sola y en su corazón una muralla
 Jerusalén de oro y de cobre y de luz,
oh!, de todas tus canciones soy violín
 Han secándose los pozos de agua,
la plaza del mercado está vacía,
y no hay quien guarde el Monte del Templo
en la ciudad antigua
y en las cuevas en la roca laméntense los vientos,
y no hay quien baje al Mar Muerto por el camino de Jericó.
 Pero al venir hoy a cantarte y a adornarte con coronas,
soy el menor de tus hijos y el último de los poetas
porque tu nombre quemaría los labios
como el beso de un ángel, si te olvidase Jerusalén,
Jerusalén de oro.
 Hemos regresado a los pozos de agua,
al mercado y la plaza, el shofar vuelve a sonar
en el Monte del Templo en la ciudad antigua,
y en las cuevas en la roca miles de soles brillan,
bajaremos nuevamente al Mar Muerto por el camino de Jericó
.

viernes, 20 de febrero de 2026

EL BUEN PASTOR

 Sábado, 29 de diciembre de 2018

EL BUEN PASTOR- Por Pierre van Paassen- 1941

Autor del libro- EL ALIADO OLVIDADO-(Sobre el pueblo judío)
_______________ La persona más  inolvidable que he conocido—XII.
El Buen Pastor
Por Pierre van Paassen
Notable periodista, autor del éxito de librería «Days of Our Years»
1941
ENDEREZABA yo mis pasos cierta tarde gris de otoño, en medio de la ventisca, hacia Bourg-en-Foret. Al levantar los ojos, vi en la cumbre de la última colina que me separaba del villorrio, destacándose sobre el fondo oscuro del cielo, la silueta de un viejo alto y ergido, en torno del cual movianse los flotantes paños de una sotana y ondeaba una negra faja. Sujetábase con una mano el sombrero de teja; agarraba firmemente con la otra un descomunal y vetusto paraguas verde. Los rayos de sol poniente arrancaban vívidos reflejos a las hebillas de sus zapatos.
Cuando, por fin,  estuve frente a él, pude admirar su magnífica testa gala, sus ojos negros y profundos, su nariz aquilina de enérgica traza, su mentón ligeramente pronunciado. La mirada de aquellos ojos hacía olvidar la raída sotana ¡tal era de dominadora y majestuosa, aunque un toque de tristeza velase su brillo!
Delgadas hebras de plata revolotearon en torno de su frente, cuando se quitó el sombrero para saludarme. Hablóme del fuerte viento. «Al principio, tuve que esforzarme por marchar contra él», me dijo con su voz de grave timbre. «Ahora casi me lleva en volandas». Y añadió, como un eco de sus pensamientos: «Tal vez el viento sepa por qué lo hace. Acaso hay alguien en la casa rectoral que me necesita. Debo darme prisa».
Así ocurrió mi primer encuentro con Arsenio de la Roudáire, párroco de la aldea francesa en que acababa yo de avecindarme.
Claro está que ya había yo oído hablar de él. El oficioso y locuaz boticario solía regalarme en su tienda con historietas de los notables de la localidad. La mayor parte de las anécdotas carecían de interés; no así la que me contó del cura, la cual embargó mi atención por entero.
En septiembre de 1914, cuando el Ejército alemán avanzó casi hasta las puertas de París, quedó la aldea por algún tiempo en la Tierra de Nadie. La mitad de los habitantes había huido; la otra mitad se había ocultado en los sótanos. El señor cura prosiguió, sin embargo, sus visitas de pastor de almas, como si nada hubiese ocurrido. Un día, caminando por un atajo del bosque, dió de manos a boca con un ulano de Von Kluck que yacía herido en ambos pulmones. Volvió el cura al pueblo por una carretilla y en ella condujo al tudesco a su propia casa, donde le prodigó los más solícitos cuidados hasta verlo sano y salvo.
Duró la cura varios meses y el párroco no dió cuenta a las autoridades de la presencia del ulano en su casa. Empezaron a rezongar los aldeanos, y el cura protestó con vehemente caridad: «Está muy débil. Si lo mandan a un campamento de concentración, tendrá una recaída. No quiero echarme su muerte sobre la conciencia ».
El alemán permaneció en la casa rectoral durante casi dos años. Al cabo de ellos, y cuando la policía se preparaba a echarle el guante, desapareció. Sólo mucho después supieron los aldeanos que el soldado había estado oculto durante el resto de la  guerra en una finca que el sacerdote había heredado de sus padres y dedicado, antes du la guerra, a colonia de vacaciones para niños.
«Usted puede convencerse de todo ello con sus propios ojos», concluyó el parlanchín del pildorista. «Todos los años viene el alemán a pasar una temporada aquí con su familia... ¡Excelentes personas, a fe mía!... Nos han ayudado no poco a reparar nuestra antigua y hermosa iglesia ».
Con el andar de los días, nos hicimos íntimos amigos el cura y yo, a pesar de ciertas discrepancias de doctrina, en las que nos mantuvimos irreductibles. Cuando, después de largas ausencias en excursiones periodísticas que me llevaban a los ensangrentados riscos del indómito Rif o al teatro de inhumanas atrocidades que era la guerra de Etiopía, volvía yo a mi refugio aldeano con el alma abatida y sin una sola ilusión en el pecho, era el cura quien me devolvía la fe en la humanidad. Nada lograba quebrantar su ardiente esperanza en una grande y amorosa patria universal que habría de levantarse, radiante y acogedora, de entre las lágrimas y la sangre de los siglos...
«Tardará aún», solía decir, «pero el día de la paz y la justicia llegará. No se deje usted inocular el veneno del odio. Todas las razas y naciones pertenecen a una sola, inmensa familia. No lo olvide nunca, hijo mío».
No había nada de revelador ni apocalíptico en sus palabras. Era el modo de decirlas lo que me conmovía profundamente: aquella su infinita bondad, aquella sinceridad de su amor entrañable por la humanidad.
La  vida del cura de la Roudaire era un esfuerzo incesante y abnegado por adlantar el advenimiento de esos días inefbles
preparando para ellos los corazones humanos. Para él, el cristianismo era un sueño que había que convertir en realidad aquí abajo, en los días de ahora, en el seno de los humildes de la tierra. De día y de noche, aquel hombre, que había cumplido ya los setenta años, estaba dispuesto a acudir en auxilio de todo el que lo necesitase. Llamábanlo sus feligreses «Nuestro Buen Pastor ». Cierta noche se declaró un incendio en una granja, y cuando los que formábamos el cuerpo voluntario de bomberos llegamos allí, encontramos al cura que, con toda calma y sin aspavientos, sacaba a las aterrorizadas vacas del establo envuelto en llamas, mientras el labrador y su mujer se retorcían las manos. «únicamente la voz del señor cura puede tranquilizar a los animales», nos dijeron al oído. 
¡Y CUÁN  CUÁN BIEN conocía el cura a su grey! Cuando se paseaba al atardecer por las calles, no necesitaba preguntar nada. Los ojos hinchados y enrojecidos de la señora de Lagrin le revelaban que el incorregible de su consorte había dejado una vez más el jornal en el mostrador de la taberna. La cara tristona de Rosalía 1c probaba de modo asaz elocuente que el escurridizo Mario no había cumplido todavía su promesa de hablar con el papa de la muchacha. Las manos temblorosas del tío Rognon pregonaban bien a las claras que el perillán de su vástago tenía de  nuevo alguna deuda pendiente con la justicia.
Para cada cual tenía el cura una palabra oportuna y consoladora; todos los rostros se iluminaban a su paso. No debían de ser, después de todo, tan graves aquellos cuidados, cuando de la persona del señor cura emanaba aquella dulce serenidad... La fortaleza del anciano era comunicativa; lo hacía sentir a uno vergüenza de su propia debilidad.
También yo impetré una vez el auxilio del cura.
Dirk van Duynen, gallardo mozo y primo mío, hijo de acaudalada familia de Amsterdam, había ido a París a estudiar el violoncelo. Cayó repentinamente enfermo. Y lo que es peor aún: cierto destemplado especialista le soltó brutalmente, a boca de jarro, la noticia de que viviría, a lo sumo, un año más. Dirk, desolado, vino a verme a Bourg. ¿Qué haría? ¿Retornaría a Amsterdam, comunicaría la fatal nueva a sus padres y se sentaría a esperar el inevitable desenlace? Se esforzaba en hablar con valerosa entereza... pero sus ojos delataban miedo y angustia.
«Yo le hablaré», me dijo el cura. Hízose Dirk compañero asiduo del párroco en aquellos paseos a la suave hora crepuscular. Cuando volvían a casa, Dirk subía a su cuarto y se ponía a tocar el violoncelo. De sus ojos había huido la llamita lívida del miedo; de sus labios había desaparecido el rictus sardónico. Al poco tiempo se fué a casa de sus padres.
Eso currió hace unosmeses. La últinia vez que vi al cura le pregunté de qué mágicos medios se había valido.
«Nada de magia», contestóme sonriendo. «No hicimos sino discurrir por las calles desiertas de hombres, calles de amargura, en que madres y novias cumplen sus deberes cotidianos mientras sus hijos y prometidos se encaran con la muerte en las trincheras. Tal vez se dió cuenta .Dirk de que hay almas más atormentadas que la suya...»
Los niños eran el principal objeto de la preocupación del cura. Rara vez se le veía pasear sin uno o dos de ellos asidos de su mano. Figúrome que  había en Bourg docenas de chiquillos vestidos con la ropa que el cura había mendigado para  ellos. A la vista saltaba que más de una de las chaquetillas que lucían los pequeñuelos de la aldea estaban hechas con sotanas viejas.
«Son la esperanza de Europa», acostumbraba decir de aquellos Míseros. «Si no conseguimos infundir sentimientos de generosidad y de amor en estos pequeñuelos, Europa fenecerá en una orgía de sangre».
« ¡Ah! Si amáranis menos a la humanidad y más a los hombres... », proseguía tristemente. «Es tan fácil alardear de amor a la humanidad, pero ¡cuán difícil es para casi todos nosotros amar a los desharrapados, y mal olientes individuos que constituyen esa humanidad!».
Trabajaba con todas las energías de su grande espíritu por crear aquella Europa de sus sueños. Se enorgullecía de haber compuesto para la escuela parroquial un manualito de historia del que había suprimido cuidadosamente toda alusión al odio entre los pueblos.
«Enseñarles a estos niños que los alemanes son los enemigos jurados de los franceses, valdría tanto como derramar hirviente veneno en sus almitas puras», argüía a sus críticos. «Todos queremos la paz, ¿no es cierto? Pues bien, no puede haber paz donde se predica el odio».
Entre los niños a quienes el cura consagraba los desvelos de su tierno corazón figuraban los huérfanos de un hospicio que había en los alrededores de Bourg. Albergábanse aquellos desventurados expósitos en unos barracones revestidos de imponentes rejas. «Es un ludibrio, un estercolero desde el doble punto de vista higiénica y moral», tronaban los periódicos escandalizados; «los niños viven allí hacinados... Aquello está igual que en los días bárbaros de la Edad Media ».
El anciano sacerdote iba a aquella infecta pocilga a decir mentiras...
«Sí, les digo mentiras» me contaba alzando los hombros. «Les digo a los niños que viven en aquel horrendo lugar, que la vida es hermosa, que llegarán a ser dignos y respetados ciudadanos. A algunos hasta les afirm
o que he conocido a sus padres y les aseguro que eran  hombres, intachables y estimados, vigorosos y arrogantes. Sé demasiado bien que lo contrario es, probablemente, la verdad: que fueron unos borrachos despreciables y unos guiñapos humanos».
PERO la cólera del cura podía elevarse a terribles alturas, como lo pudieron apreciar en Bourg-en-Foret cierto día tristemente memorable.
Era Ugolino, el jorobado de la Rue du Vieil-Abreuvoir, un ser de tan repulsiva estampa que volvía uno instintivamente la cabeza cuando lo divisaba. Los aldeanos daban largos rodeos para evitar el encontrarse con él, frente a frente.
Si se embarcaba uno para París en el primer tren, se topaba con Ugolino en la estación. Si volvía uno a altas horas de la noche, no le costaba trabajo distinguir la contrahecha figura del jiboso al pie de algún mechero de gas. Pagaba unos cuantos centavos a la semana por dormir en un desván. Má s se le obligaba levantarse y marcharse antes de rayar el día, y se le prohibía regresar a su empolvado escondrijo antes de media noche para que su vista no sobresaltase a los vecinos.
Como Ugolino se aventurase a pasar por los aledaños de la Plaza de Thiers, donde solían reunirse los jovenzuelos del pueblo a piropear a las muchachas, era de rigor que algún chistoso corriese en pos de él y le diese un papirotazo en la corcova.
«¡Fuera, hijo del chápiro!» gritábanle los desalmados, y el pobre Ugolino se escapaba al trote de sus canijas piernas.
Una noche me ayudó a traer el equipaje de la estación. Díle de comer y hablé con él. Poco a poco, con premiosa lentitud, fué haciéndome la historia de su vida. Su madre había muerto de alcoholismo; a su padre no lo había conocido. Su hermana, a los trece años, entró a servir en una granja. En venganza por haberse negado a sus pretensiones indecorosas, acusóla de hurto el amo, y la metieron en la cárcel. Abandonado, sin nadie que lo cuidara, coutrajo Ugolino un agudo raquitismo y una dolencia espinal que degeneró en su deformidad. Cuando la hermana salió del encierro, fuéle imposible encontrar trabajo, a causa de sus antecedentes cancelarios, por lo que, desesperada, viendo la horrible necesidad del pequeño, se acogió, como único puerto de salvación, a una de las casas infamadas de la Rue Danes Desde aquel día no faltó lo necesario para el puchero.
Ugolino venía con frecuencia a mi casa. Encargábale pequeños trabajos en mi jardín. Descaecía, sin embargo, a ojos vistas. Una noche, como se quejara de gran cansancio, le rogué que se quedase.
«Non, merci, Monsieur», me dijo el desgraciado. «Es usted muy bondadoso, pero yo tengo mi casa. También tengo mi dignidad... no crea usted».
No volví a verlo vivo. Al salir a la calle rayó en medio de un grupo que vociferaba en divertida parranda. Parece ser que aquellos hombres estaban borrachos: es la unica explicación que cabe al horrible suceso.
Alguien le echó a Ugolino una zancadilla que dió, con él en  tierra. Los alegres compadres formaron un corro y empezaron a bailar y gesticular descompasadamente alrededor del caído que, a gatas, intentaba levantarse. Le pisaban los dedos y le propinaban un puntapié cada vez que lo veían a punto de enderezar el desmedrado cuerpecillo. Por último, uno lo puso en pie, pero se tambaleaba de manera tan extraña que los del  corro creyeron que estaba también borracho. Para que no se viniera al suelo, lo ataron aun poste del alumbrado. Y tornaron a brincar y danzar en torno de Ugolino, canturreando: «¡Los novios de mi hermana pagan a franco por cabeza!» Le arrancaron la ropa hasta dejarlo enteramente desnudo.
Fué el cura quien lo soltó al fin—me contaba uno de los testigos presenciales—. Cortó las ligaduras y se lo llevó a cuestas.
¿A cuestas... el señor cura... un hombre que frisa en los ochenta?
— Sí, señor; Ugolino había perdido el conocimiento. El cura lo llevó a su propia casa. Esta mañanía, mientras decía su misa, Ugolino se levantó, se encaminó al río y se arrojó al  agua. Acaban de encontrar su cadáver.
¡Pero eso es horrible...    exclamé yo.
— Realmente horrible. Pero ahí no acaba la tragedia. La hermana de Ugolino se dió un tiro esta mañana. El juez está ahora instruyendo el sumario. ¡Oh, qué incorregibles bárbaros somos! Todos somos culpables. No se trata de averiguar dónde estaban y qué hacían los gendarmes anoche, mientras aquellos salvajes escarnecían al pobre Ugolino. Todos somos colectivamente culpables, y, colectivamente, debiera castigársenos.
Fuí aquella tarde a ver al cura. Halléle pálido y entristecido.
— He venido a traer unas monedas — dIJe —. Le debo a Ugolino la soldada de la semana.
— La aplicaremos a decir una misa por su alma —contestó el cura.
— ¿Recibirán ambos sepultura en sagrado?
- - Sí, señor: esas pobres criaturas no son suicidas. Los ha asesinado la sociedad, una sociedad sin entrañas.
Nunca he visto una muchedumbre tal en la iglesia como la que allí se reunió el día de las exequias. La mitad de las tiendas del pueblo habían cerrado. Junto a la balaustrada del altar estaban los dos  sarcófagos, rodeados por candelabros de plata. Un rico paño funeral los cubría, uniéndolos. El órgano plañía el Miserere.
Después de la absolución, el cura subió al púlpito. Guardó silencio un momento y paseó lentamente la mirada de derecha a izquierda del sobrecogido concurso como si se propusiera reconocer a cada uno  de los presentes. Entonces dijo:
«¡Cristianos!» , y la palabra restalló  en el aire como un latigazo. Y otra vez: «¡Cristianos!... Cuando el Señor de la vida y la muerte me pregunte el Día del Juicio Final: Pastor de la Roudaire, ¿dónde están tus ovejas?, no despegaré mis labios. Y cuando el Señor vuelva a preguntar una segunda vez: Pastor de la Roudaire, ¿dónde están tus ovejas?... no le contestaré estaré tampoco. Mas cuando el Señor me pregunte por tercera vez: Pastor... de... la... Rotidaire... ¿dónde... están... tud... ovejas?, yo inclinaré la cabeza avergonzado y contestaré: ¡No eran ovejas, Señor... Eran una manada de lobos!» .  POCO ANTES de  salir de Francia el otoño pasado, fuí a despedirme del cura. Habíase impuesto el deber de acompañar a la estación a los campesinos que iban al frente. Caminaba confundido entre las mujeres y los niños tratando de hacer la partida lo menos triste posible. No sonreía, sin embargo, como antaño, ni hablaba con la fluencia,y la confianza de otros días. Dábame la impresión de un hombre fatigado y desengañado.
Púseme al paso con él cierta vez que volvíamos
de una de esas jornadas a la estación. Noté que le costaba trabajo hablar.
– Nunca creí que hubiéramos de presenciar esto otra vez— me dijo—. No sé qué decirle a mi rebaño.
¡Pero si son cruzados de la Libertad, señor cura!—me aventuré a insinuar tras largo silencio.
— ¡Oh! — suspiró —. ¿Cruzados?—. Y la tristeza de su voz puso de relieve la vanidad  de mi observación. 
Al cabo de un minuto prosiguió:
Adivino las preguntas que no se atreven a hacerme... « ¿Por qué tenemos que ir al frente? Y estos muchachos por cuya seguridad combatimos en la última guerra, ¿por qué tienen que ir?». ¿Qué puedo yo responderles? ¿Puedo decirles acaso que Dios se apiadará... se apiadará de las madres? ¿De todas ellas, lo mismo si sus hijos se llaman John, que Jacques, que  Fritz, que Ladislao? ¿Satisfará esa respuesta, también, a las madres que se formulan interiormente la misma pregunta cuando ven a sus hijos en marcha hacia el infierno de la trinchera, hacia la muerte, hacia los mares de sangre?
No olvidaré nunca al cura de Bourg-enForet. Y durante muchos años escucharé claro y desgarrador, el grito de agonía y tortura que le arrancaban las madres... todas las madres del mundo
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jueves, 19 de febrero de 2026

UN SERMON NUNCA OIDO 2 Guerra Mundial

  Miércoles, 6 de abril de 2016

 UN SERMON NUNCA OIDO 2 Guerra Mundial -- Por A. J. Cronin

Un Sermón Nunca Oído
Por
A. J. Cronin
Autor de «Los astros miran Hacia abajo», «La ciudadela», y otras obras.

¡Hoy he ido a la iglesia! Singular excursión ésta mía, emprendida con espíritu puramente mundano, y a la cual debo, sin embargo, la emoción religiosa más honda de cuantas experimenté en la vida.
Muchos son los templos que me ha tocado conocer: las solemnes catedrales de Chartres y de Reims, el santuario donde veneran a la Virgen de Montserrat, el famoso templo de Jain en Calcuta... De todos ellos difería esta capillita fabricada de tablones de pino olorosos aún a resina; colgada, como un nido, en los nevados riscos de los Alpes.
Allí, en esas límpidas alturas donde el aire sereno y puro nos lava el pecho; donde la hermosura resplandeciente de cielos y nieves nos deslumbra, tenemos, por fuerza, que irnos desprendiendo de la escoria de la vida; que sentir que nos hallamos en los umbrales de lo infinito.
Los .fieles eran en su mayoría campesinos: gente de franco y claro mirar, robusta, laboriosa, como la que habita en este cantón de la Suiza alemana. Vestían los hombres trajes de burdo paño oscuro. Por entre el cuello de las chaquetas, de forma en nada parecida a la corriente, asomaba la piel tostada de gargantas y nucas. No abundaban las galas en el atavío de las mujeres: tal cual tocado de encaje o el bordado chal que es, para su poseedora, todo un tesoro. El pañuelo rojo que lucía un chicuelo daba vívida nota de encendido color, que parecía llenar, iluminándolo, el recinto entero.
Las ceremonias del culto, por serme harto conocidas, no hubieran podido causar en mí la menor impresión de novedad; aunque acaso había en ellas mayor sencillez, más penetrante y comunicativa piedad. Como quiera que fuese, percibía yo extraña inmanencia;misteriosa expectación que, como eléctrico flúido, vibraba, pronta a manifestarse, en el aire.
Así llegó la hora del sermón. En tanto que los fieles, al sentarse, hacían crujir bancos y ropas, mi acompañante me dirigió rápida mirada, con la cual se disculpaba al par que me compadecía. Era él un inglés de edad madura, de natural reservado. Fué paciente mío en Londres, y se hallaba ahora tomando la cura de los tuberculosos en el heilanstalt de la aldea. Entendía y hablaba con soltura el alemán, lengua de la cual no se me alcanzaba a mí una sola palabra. Y aquella miradita suya lanzada al soslayo acababa de darme a entender que yo, por culpa de mi ignorancia, me hallaba condenado a sufrir por espacio de una hora la impaciencia consiguiente a oír predicar en un idioma que resultaba, para mí, tan enrevesado como ininteligible.
Con todo, cuando el predicador, ya en el púlpito, abarcaba a sus feligreses con la mirada, experimenté de nuevo aquella expectativa inexplicable. Había mucho que se impusiera a la atención en la reposada figura de ese sacerdote. Morena y pálida la tez, negro el cabello, corta la estatura, pero recio y fornido el busto que cubría la blanca sobrepelliz. En el vigor de la madurez, pues no contaría mucho más de treinta años, poseía un semblante que respiraba nobleza, y en el cual brillaba, segura y magnética, la mirada. En su continente, reservado al par que fervoroso, percibíase una humildad llena de decoro. La voz con que pronunció las palabras que habían de servirle de texto, contenida y a un tiempo mismo resonante, llenó el estrecho ámbito de la capillita y volvió, devuelta por el eco, desde arriba. Dicho el texto, después de una pausa durante la cual permaneció inmóvil, empezó a predicar en aquel idioma que yo no entendía.
He oído en mis días más de un sermón. En los últimos tiempos, y en particular en Inglaterra, he acabado por huir de los tímidos balidos de esos predicadores que, atentos a no comprometerse, proscriben de sus sermones cuanto pueda rozarse con las realidades que rodean al hombre contemporáneo. El predicador que me tocaba escuchar ahora pertenecía al parecer a otra casta; difería de aquéllos tanto como el acero de fino temple pueda diferir de la hojalata. A medida que iba adelantando en el sermón, pese a no entender nada de su contenido, me sentía bajo el influjo de mística, extraordinaria fascinación. Logré distinguir una palabra: Christus; y luego otra: Fuehrer. Entonces, como por ensalmo, cambió la,escena: dejé de ver la capillita y a los fieles en ella congregados. Vi súbitamente, con penetrante claridad, los pueblos de la tierra toda, y la pestilencia que los aflige. Vi las poderosas naciones totalitarias dominadas por una sola, voluntad, regidas por una sola mano, atentas a una sola voz; en las cuales se endiosa la doctrina que pide sangre y se glorifica el acero que la derrama. Vi las grandes democracias del mundo entregadas a la molicie, celosas de sus vastos dominios, sobresaltadas ante el temor de que la zarpa de algún vándalo llegase a arrebatarles cuanto amontonaron.Vi, además, niños en quienes inculcan desde.la cuna la arrogancia y el odio; a quienes enseñan, cuando apenas saben andar, a marcar el paso; a los cuales les dan un fusil como el juguete más preciado. Y vi también la mitad de la riqueza del mundo sepultada, como cadáver amarillo, en sótanos que antes que depósitos de caudales parecen tumbas; y el trigo que por miles y miles de sacos arrojaban a las llamas en una parte del planeta, en tanto que en otra miles y miles de bocas hambrientas clamaban por un pan; y las muchedumbres dolientes, las trágicas muchedumbres presas de terror, que surgían dondequiera, que corrían, vagando de un lado a otro, en busca de asilo; y los que se hundían, en busca de momentáneo olvido, en los placeres; y los que, ávidos de bienes materiales, pugnaban afanosos por conseguirlos... ¡Todo eso lo vi! Y por encima de todo eso, en medio del tintinear sonoro de las monedas y del estruendo de la música sincopada, vi alzarse la faz lívida del insomne miedo, el espectro amenazador de la catástrofe a que este mismo mundo se condena.
Visión fué la mía que helaba la sangre. Esta tierra en que habitamos, tan hermosa, tan fecunda, tan rebosante de dones, lacerada de polo a polo por el odio, por la agresión, por la crueldad brutal que, de no haber quien les salga al paso, llevarán ciertamente a la civilización a su última ruina. ¡Y decirnos que no hace siquiera un cuarto de siglo hubo nueve millones de hombres, lo más granado de la humanidad, que ofrendaron sus vidas por salvarla!
Acongojado por tal recuerdo, el ánimo no pudo menos de hacerse esta interrogación acerba: ¿Por qué, en nombre de cuanto haya de sensato y de generoso, por qué ha de sobrevenir tan horrenda catástrofe?
Aunque no fuese nueva, la pregunta me hería con renovado, implacable vigor.
Ofreciéronse en esto a la mente, ,y cruzaron en veloz huida, las explicaciones que el ingenio humano ha dado para contestarla: el imperativo económico, las alternativas de auge y de postración en los negocios, el paro forzoso, y así de lo demás; la grandeza y decadencia de las naciones, la supervivencia de los más aptos, en fin, toda la retahíla. Pero, ¡qué vacuo, qué inútil parecía todo ello!
Porque era claro, meridianamente claro, que la única razón, la cierta, la fundamental, era otra: Los hombres se han olvidado de Dios. Millones de los que viven ahora sobre la haz de la tierra por El creada están sordos y ciegos, están, en verdad, muertos al conocimiento de su Creador. Para número incontable, Dios no es sino un mito; para otros, una creencia heredada a la cual deben rendirle culto, y se lo rinden, de labios afuera. Quiénes se acuerdan de Dios únicamente cuando necesitan poner a alguien por testigo; quiénes tan sólo para invocarlo con untuosa hipocresía.
Sí; ésta era la verdad limpia y desnuda: dioses falsos, tan abominables como el Becerro de Oro de hace siglos, reciben ahora culto en la cristiandad que, olvidada de Cristo, les erige altares; un espíritu pagano sopla sobre el mundo; abundan quienes, al oír mencionar el nombre de Cristo, sonríen con indulgencia, cuando no con desprecio.Mas he aquí que, mientras que buscan con afán al caudillo, al guía, al conductor, no se acuerdan del único a quien le es dado guiar al mundo y conducirlo y salvarlo. Ahí, olvidada en la loca búsqueda de nuevos sistemas y flamantes filosofías, está la sola doctrina que encierra la salvación. Y no es difícil de entender; ni tampoco es difícil observarla. Es hermosa y sencilla. Nos pide sólo que vivamos bien ante Dios y ante los hombres; que amemos a nuestro prójimo y no codiciemos sus bienes; que seamos tolerantes, caritativos, humildes; que recordemos siempre que la Vida, según la abarca nuestro conocimiento, es apenas instante fugacísimo de la Eternidad.
¡Ah! ¡que no corra de nuevo sobre el mundo un soplo como aquel que lo inflamaba durante las cruzadas! ¡que no nos sea dable ver de nuevo cómo redivivos soldados de la Cruz, yendo de clima en clima, despliegan triunfadora la olvidada bandera del místico Rey! ¡que no veamos crecer de más en más el número de los discípulos de Cristo que, encendidos en militante fe, dan de mano lo innocuo para buscar lo eficaz, se desentienden de lo prudente para obrar conforme a lo necesario! ¡ahl ¡que no crezca el número de los que en hallando desierto el templo, antes que permanecer dentro de él orando por los descarriados, se fuesen en su busca y los trajesen y los persuadiesen a orar! ¡Entonces, entonces sanaría el mundo de su locura; entonces volvería la pobre, la descarriada, la triste y dolorosa humanidad a levantar a Dios los corazones!
Como quien despertara de súbito de un sueño, sentí que el fluir de mis ideas quedaba bruscamente interrumpido; experimenté casi la impresión material de que acababa de volver, quién sabe de dónde, a la realidad que me circundaba. Coincidía esto con el momento en que el predicador terminaba de hablar.
Pasamos del ambiente de la capillita a la amplitud luminosa de aquel día de invierno en que brillaba el sol en un cielo sin nubes. Mientras que íbamos camino de la aldea, le referí a mi acompañante, punto por punto, aquellas imaginaciones a que me había entregado durante el sermón. Advertí que, al oírme, mostraba cada vez mayor asombro. Cuando hube concluido, quedóse mirándome de hito en hito, atónito, y me dijo:
¿Lo creerá usted? Todo eso, palabra por palabra, es lo mismo que dijo el predicador.

EL CORDERO SACRIFICADO Y LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO.

  2 LIBROS 1 - LA VISIÓN DE LAS GENERACIONES PERDIDAS-2007 2 - LA ESTIRPE DE ABRAHAM -2008 AUTOR = UN HUEHUETECO APASIONADO POR LA HIS...