Sábado, 14 de mayo de 2016
¿A DONDE LLEVA CHAVEZ A VENEZUELA? Agosto de 2000
¿A DONDE LLEVA CHAVEZ A VENEZUELA?
Por Rudolph Chelminski
EN
NOVIEMBRE PASADO, un equipo venezolano de beisbol viajó a Cuba a jugar
contra un equipo local entrenado nada menos que por Fidel Castro. Los
visitantes perdieron, mas la derrota no mermó la admiración de su
lanzador por el barbado comandante. "Estoy satisfecho de seguir el camino de Fidel", declaró el corpulento jugador. "Venezuela
avanza en la misma dirección, hacia el mismo mar que el pueblo cubano,
un mar de felicidad, justicia social y paz verdadera".
El lanzador vencido era Hugo Chávez, presidente de Venezuela, quien un mes después demostró la enorme influencia que el dictador cubano ejercía en él. Pese a que su país había sido asolado por una serie de inundaciones y aludes que dejó miles de muertos, Chávez rechazó la ayuda enviada por Estados Unidos en dos barcos llenos de tractores, excavadoras y aplanadoras, además de 450 ingenieros militares. Al parecer, consideró tal presencia de tropas en aguas venezolanas una violación de la soberanía nacional y la declaró indeseable.
Chávez no es comunista, pero al seguir el ejemplo de Castro está asumiendo el papel de caudillo. Impetuoso coronel del Ejército que estuvo en prisión por intentar un golpe de Estado y recibió luego el indulto, Chávez fue el candidato que más llamó la atención en las elecciones presidenciales de 1998. Orador nato, carismático y audaz, prometió acabar con la corrupción y mejorar las condiciones de vida del pueblo. Una aplastante mayoría de votos lo llevó a la presidencia.
En un año, una nueva constitución hecha a su conveniencia le ha dado inmenso poder. Y el poder es su idioma. "Estoy en guerra", clama. "Tengo la espada desenvainada".
Éste es un mal presagio. De hecho, el encumbramiento de Chávez se está convirtiendo en el último capítulo de una historia dolorosa: la de la pésima administración del que llegó a ser el país más prometedor de América Latina.
Riqueza dilapidada.
El lanzador vencido era Hugo Chávez, presidente de Venezuela, quien un mes después demostró la enorme influencia que el dictador cubano ejercía en él. Pese a que su país había sido asolado por una serie de inundaciones y aludes que dejó miles de muertos, Chávez rechazó la ayuda enviada por Estados Unidos en dos barcos llenos de tractores, excavadoras y aplanadoras, además de 450 ingenieros militares. Al parecer, consideró tal presencia de tropas en aguas venezolanas una violación de la soberanía nacional y la declaró indeseable.
Chávez no es comunista, pero al seguir el ejemplo de Castro está asumiendo el papel de caudillo. Impetuoso coronel del Ejército que estuvo en prisión por intentar un golpe de Estado y recibió luego el indulto, Chávez fue el candidato que más llamó la atención en las elecciones presidenciales de 1998. Orador nato, carismático y audaz, prometió acabar con la corrupción y mejorar las condiciones de vida del pueblo. Una aplastante mayoría de votos lo llevó a la presidencia.
En un año, una nueva constitución hecha a su conveniencia le ha dado inmenso poder. Y el poder es su idioma. "Estoy en guerra", clama. "Tengo la espada desenvainada".
Éste es un mal presagio. De hecho, el encumbramiento de Chávez se está convirtiendo en el último capítulo de una historia dolorosa: la de la pésima administración del que llegó a ser el país más prometedor de América Latina.
Riqueza dilapidada.
Venezuela parece tenerlo todo:
un clima tropical envidiable, grandes ríos que generan energía
eléctrica e importantes yacimientos de oro y otros minerales valiosos.
Pero, sobre todo, tiene enormes reservas de petróleo que lo convierten
en el sexto mayor productor del mundo.
"Dios es venezolano", decían los habitantes de este país en los años 60 y 70. En efecto, Venezuela parecía ser un ejemplo para el resto de Latinoamérica: una democracia cuyo ingreso per cápita era el más elevado de la región, con una moneda sólida, inflación mínima y una tasa de crecimiento impresionante. Las cosas no podían pintar mejor.
Hoy en día, la situación es muy distinta. La mitad de la población vive en la pobreza, y la tasa de crecimiento del producto interno bruto es de menos 7.2 por ciento, la peor de la región.
Chávez tiene ante sí un enorme reto. Al aumentar la deuda externa, los capitales han huido; la inflación supera el 20 por ciento, y el desempleo real es imposible de medir (se calcula que oscila alrededor del 18 por ciento), ya que la economía informal impera en el país.
"Dios es venezolano", decían los habitantes de este país en los años 60 y 70. En efecto, Venezuela parecía ser un ejemplo para el resto de Latinoamérica: una democracia cuyo ingreso per cápita era el más elevado de la región, con una moneda sólida, inflación mínima y una tasa de crecimiento impresionante. Las cosas no podían pintar mejor.
Hoy en día, la situación es muy distinta. La mitad de la población vive en la pobreza, y la tasa de crecimiento del producto interno bruto es de menos 7.2 por ciento, la peor de la región.
Chávez tiene ante sí un enorme reto. Al aumentar la deuda externa, los capitales han huido; la inflación supera el 20 por ciento, y el desempleo real es imposible de medir (se calcula que oscila alrededor del 18 por ciento), ya que la economía informal impera en el país.
RESULTA
IRÓNICO que los problemas de Venezuela hayan comenzado con la bonanza
del petróleo. Durante la primera gran crisis petrolera de 1973-1974, el
precio del barril de crudo aumentó de dos dólares a alrededor de diez, y
las ganancias llenaron las arcas del Estado. Para gastarlas, el presidente Carlos Andrés Pérez puso en marcha un ambicioso plan al que llamó "la Gran Venezuela".
Nacionalizó el petróleo y la industria minera y expandió los sectores petroquímico, eléctrico, del aluminio y de las telecomunicaciones, que estaban ya en manos del gobierno. Se crearon monopolios estatales para comercializar cacao y café. "¡Vamos a cambiar al mundo!", alardeaba Pérez.
El gobierno construyó presas, ingenios azucareros, bodegas refrigeradas, plantas petroquímicas y cafetaleras, escuelas y hospitales, y compró barcos y aviones. La banca extranjera le concedía créditos rápidos, que esperaba cobrar en pocos años, pues se creía que el precio del petróleo se mantendría al alza.
Pero esto no sucedió. Tras alcanzar, en noviembre de 1980, una cotización máxima de 30 dólares, dicho precio se desplomó en los siguientes 20 años. Con todo, el gobierno se había comprometido a realizar fuertes gastos y la deuda pública creció a un ritmo alarmante.
Entre tanto, las empresas nacionalizadas, con el lastre del exceso de personal y la corrupción, y la incapacidad de producir bienes de calidad a precios competitivos, naufragaron. Aun cuando el problema era la desmedida intervención gubernamental, la única solución que se les ocurría era más estatismo.
Nacionalizó el petróleo y la industria minera y expandió los sectores petroquímico, eléctrico, del aluminio y de las telecomunicaciones, que estaban ya en manos del gobierno. Se crearon monopolios estatales para comercializar cacao y café. "¡Vamos a cambiar al mundo!", alardeaba Pérez.
El gobierno construyó presas, ingenios azucareros, bodegas refrigeradas, plantas petroquímicas y cafetaleras, escuelas y hospitales, y compró barcos y aviones. La banca extranjera le concedía créditos rápidos, que esperaba cobrar en pocos años, pues se creía que el precio del petróleo se mantendría al alza.
Pero esto no sucedió. Tras alcanzar, en noviembre de 1980, una cotización máxima de 30 dólares, dicho precio se desplomó en los siguientes 20 años. Con todo, el gobierno se había comprometido a realizar fuertes gastos y la deuda pública creció a un ritmo alarmante.
Entre tanto, las empresas nacionalizadas, con el lastre del exceso de personal y la corrupción, y la incapacidad de producir bienes de calidad a precios competitivos, naufragaron. Aun cuando el problema era la desmedida intervención gubernamental, la única solución que se les ocurría era más estatismo.
Las
administraciones siguientes intentaron controlar la economía regulando
cada proyecto industrial, cada importación de bienes y cada aumento de
precios", señala Moisés Naím, venezolano que dirige la revista Foreign
Policy. "Esa política fracasó".
TANTO O MÁS DEPLORABLE ha sido el trastrueque de valores
que el plan de la Gran Venezuela provocó. "La gente piensa que lo que el gobierno posee es suyo también, así que, si lo toma, no lo considera un robo", explica el doctor Gustavo Villasmil, jefe de urgencias del mayor hospital público de Caracas. "Tengo policías armados en la sala de urgencias para evitar que la gente se robe el equipo, y aun así lo hacen. A veces no podemos realizar ni las operaciones más sencillas por la falta de instrumentos".
"Las ganancias petroleras destruyeron el valor del trabajo arduo", se queja Alberto Vollmer, cuya destilería familiar, ubicada cerca del pueblo de El Consejo, produce el mejor ron del país desde hace más de un siglo. "El oportunismo se ha generalizado. En Venezuela, todo el mundo quiere obtener algo, pero nadie está dispuesto a dar nada a cambio".
Los patrones, claro, se quejan de que los trabajadores no se esfuerzan. Lo asombroso es que Freddy Padrón, un líder sindical de la ciudad industrial de Valencia, opina lo mismo. "La gente no está educada para trabajar", dice. "En general, estoy en contra de la propiedad estatal. Creo en el libre mercado, pues es en él donde los trabajadores obtienen los mayores beneficios".
Sin embargo, sobre el sector privado de Venezuela pesan muchas restricciones, señala Flavio Fasano, empresario de Caracas. Sus padres abrieron una pequeña lavandería en 1968 y, gracias al trabajo arduo, ahora tienen cuatro y un total de 18 empleados. Pero la injerencia del gobierno los ha limitado. "Necesito permisos de por lo menos cuatro ministerios para cada cosa que quiero hacer", añade Fasano, "así que me la paso lidiando con la burocracia".
El gobierno lleva mucho tiempo manteniendo sumamente bajos los precios de la gasolina. En febrero de 1989, el anuncio de que planeaba aumentarlos fue una de las causas de un disturbio en Caracas que duró tres días y tuvo que ser reprimido por el Ejército, con un saldo de varios cientos de muertos.
Lo que ocurría era que el precio del petróleo estaba cayendo y el gobierno estaba hundido hasta el cuello en deudas.
Los sueños de prosperidad que muchos venezolanos tenían se han disipado. Chávez ha prometido acabar con la corrupción y hacer justicia, pero persiste la duda sobre la sinceridad de su compromiso con los ideales democráticos.
"Utiliza un lenguaje muy violento con el que pretende borrar hasta el último rastro de disidencia", advierte el cardenal de Venezuela, Rosalío Castillo Lara. "Es una retórica totalitaria".
La tentación del poder. Chávez sigue siendo muy popular porque, a diferencia de la repudiada vieja clase política, es un hombre surgido del pueblo, que sabe llegar al corazón de la gente común. En su programa dominical de radio, 'Aló Presidente", las ciudadanas le cuentan sus problemas cotidianos y él las llama mi amor".
Aunque Chávez es gran admirador de Simón Bolívar, en 1999 la prensa de Caracas reveló que había contestado una carta que le envió Ilich Ramírez Sánchez, el famoso terrorista venezolano conocido como Carlos el Chacal. Éste se halla hoy en una prisión de alta seguridad en Francia, y se dice que celebró la frase "Con profunda fe en la causa" con que Chávez terminaba su carta.
¿Cómo usará Chávez el enorme poder que tiene? "Lo que Venezuela debe hacer ahora es muy claro", señala Jonathan Coles, un próspero empresario venezolano de origen estadounidense que fue ministro de Agricultura durante el gobierno reformista de 1990-1993, el cual intentó privatizar la economía. "El Estado debe dejar aquello que no hace bien y dedicarse a invertir en salud y educación. Por lo que toca a la economía, cuando ofrezca suficiente libertad de acción a la empresa privada, fomente la competencia y cree una ley antimonopolios eficaz, estaremos ante un nuevo comienzo".
Parece que este camino no es el que Chávez desea seguir. Al menos eso demuestra PDVSA, el monopolio petrolero estatal que genera el 80 por ciento de los ingresos por exportaciones de Venezuela. A mediados de los años 70, tenía 33,000 empleados; en 1998, debido al apoyo que se dio a la investigación y el desarrollo, eran más de 50,000, sin que el volumen de producción de petróleo haya variado. Aun así, la nueva constitución de Chávez prohibe su privatización.
Con todo, si el coronel cumple su compromiso con la democracia y presta oídos a consejos económicos sensatos, el país podría salir de la crisis. Si no lo hace, los venezolanos lamentarán haberlo llevado al poder en 1998. En ambos casos, el camino será tortuoso.
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 2000
TANTO O MÁS DEPLORABLE ha sido el trastrueque de valores
que el plan de la Gran Venezuela provocó. "La gente piensa que lo que el gobierno posee es suyo también, así que, si lo toma, no lo considera un robo", explica el doctor Gustavo Villasmil, jefe de urgencias del mayor hospital público de Caracas. "Tengo policías armados en la sala de urgencias para evitar que la gente se robe el equipo, y aun así lo hacen. A veces no podemos realizar ni las operaciones más sencillas por la falta de instrumentos".
"Las ganancias petroleras destruyeron el valor del trabajo arduo", se queja Alberto Vollmer, cuya destilería familiar, ubicada cerca del pueblo de El Consejo, produce el mejor ron del país desde hace más de un siglo. "El oportunismo se ha generalizado. En Venezuela, todo el mundo quiere obtener algo, pero nadie está dispuesto a dar nada a cambio".
Los patrones, claro, se quejan de que los trabajadores no se esfuerzan. Lo asombroso es que Freddy Padrón, un líder sindical de la ciudad industrial de Valencia, opina lo mismo. "La gente no está educada para trabajar", dice. "En general, estoy en contra de la propiedad estatal. Creo en el libre mercado, pues es en él donde los trabajadores obtienen los mayores beneficios".
Sin embargo, sobre el sector privado de Venezuela pesan muchas restricciones, señala Flavio Fasano, empresario de Caracas. Sus padres abrieron una pequeña lavandería en 1968 y, gracias al trabajo arduo, ahora tienen cuatro y un total de 18 empleados. Pero la injerencia del gobierno los ha limitado. "Necesito permisos de por lo menos cuatro ministerios para cada cosa que quiero hacer", añade Fasano, "así que me la paso lidiando con la burocracia".
El gobierno lleva mucho tiempo manteniendo sumamente bajos los precios de la gasolina. En febrero de 1989, el anuncio de que planeaba aumentarlos fue una de las causas de un disturbio en Caracas que duró tres días y tuvo que ser reprimido por el Ejército, con un saldo de varios cientos de muertos.
Lo que ocurría era que el precio del petróleo estaba cayendo y el gobierno estaba hundido hasta el cuello en deudas.
Los sueños de prosperidad que muchos venezolanos tenían se han disipado. Chávez ha prometido acabar con la corrupción y hacer justicia, pero persiste la duda sobre la sinceridad de su compromiso con los ideales democráticos.
"Utiliza un lenguaje muy violento con el que pretende borrar hasta el último rastro de disidencia", advierte el cardenal de Venezuela, Rosalío Castillo Lara. "Es una retórica totalitaria".
La tentación del poder. Chávez sigue siendo muy popular porque, a diferencia de la repudiada vieja clase política, es un hombre surgido del pueblo, que sabe llegar al corazón de la gente común. En su programa dominical de radio, 'Aló Presidente", las ciudadanas le cuentan sus problemas cotidianos y él las llama mi amor".
Aunque Chávez es gran admirador de Simón Bolívar, en 1999 la prensa de Caracas reveló que había contestado una carta que le envió Ilich Ramírez Sánchez, el famoso terrorista venezolano conocido como Carlos el Chacal. Éste se halla hoy en una prisión de alta seguridad en Francia, y se dice que celebró la frase "Con profunda fe en la causa" con que Chávez terminaba su carta.
¿Cómo usará Chávez el enorme poder que tiene? "Lo que Venezuela debe hacer ahora es muy claro", señala Jonathan Coles, un próspero empresario venezolano de origen estadounidense que fue ministro de Agricultura durante el gobierno reformista de 1990-1993, el cual intentó privatizar la economía. "El Estado debe dejar aquello que no hace bien y dedicarse a invertir en salud y educación. Por lo que toca a la economía, cuando ofrezca suficiente libertad de acción a la empresa privada, fomente la competencia y cree una ley antimonopolios eficaz, estaremos ante un nuevo comienzo".
Parece que este camino no es el que Chávez desea seguir. Al menos eso demuestra PDVSA, el monopolio petrolero estatal que genera el 80 por ciento de los ingresos por exportaciones de Venezuela. A mediados de los años 70, tenía 33,000 empleados; en 1998, debido al apoyo que se dio a la investigación y el desarrollo, eran más de 50,000, sin que el volumen de producción de petróleo haya variado. Aun así, la nueva constitución de Chávez prohibe su privatización.
Con todo, si el coronel cumple su compromiso con la democracia y presta oídos a consejos económicos sensatos, el país podría salir de la crisis. Si no lo hace, los venezolanos lamentarán haberlo llevado al poder en 1998. En ambos casos, el camino será tortuoso.
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Agosto de 2000
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