martes, 31 de marzo de 2026

UN MINUTO QUE CAMBIÓ UNA VIDA

No se por qué en este mundo no hay más gente
que procure comprender más y odiar menos»

Un minuto que  cambió una vida

( Condensado de «Foremen:Leaders or Drivers?» )
Por Sherman Rogers

TENGO un hijo— un muchachote pelirro­jo—que se llama Ferruccio. Muchos me han preguntado por qué le puse nombre extranjero.

Hace 43 años me encontraba trabajando en un campamento maderero. Cortábamos y podába­mos los troncos en verano y después de las neva­das de otoño los arrastrábamos en trineos hasta el río que distaba como seis kilómetros y medio. Tenía el camino tres cuestas muy pendientes. Yo enarenaba la cuesta número uno. Un belico­so italiano llamado Ferruccio estaba encargado de la cuesta número dos que era la más peligrosa. Ferruccio se pasaba la vida renegando. Ape­nas hablaba inglés pero sabía maldecir, y malde­cía en todas las lenguas conocidas. Como nunca había oído a nadie dirigirle una palabra amistosa era natural que nunca diese una respuesta ama­ble.

Cierta mañana el superintendente del cam­pamento me dijo que se iba a la ciudad y que en su ausencia me dejaba encargado de los obreros que hacían el trasporte. Como en aquel entonces contaba solamente 20 años me sentí muy enva­necido. Tenía, sin embargo, algunas dudas y pregunté que haría si los hombres se negaban a obedecerme.

—¡Despídelos! —respondió con vi­veza el superintendente.

—Bueno—repuse—Vaya usted buscando otra cuadrilla de trasportadores porque cuando regrese ya los de ésta se habrán marchado.

Poco después de irse el superinten­dente se me presentó el viejo escocés que era dueño del campamento.

Escucha, muchacho—me dijo—Ahora eres el capataz y yo no voy a restarte autoridad. Pero sé que tienes intención de despedir a Ferruccio.

Es usted adivino.

—Pues yo lo sentiría mucho. Llevo 40 años en este negocio y Ferruccio es el obrero más seguro que he tenido. Sé que es un ogro y que detesta a cuantos lo rodean, pero también es el primero en llegar al trabajo y nunca se va hasta después que todos los de­más se han marchado. Además desde que empezó a trabajar aquí, hace ocho años, no ha ocurrido un solo accidente en esa cuesta. Antes de venir él todos los años se mataban hombres o caba­llos. Pero tú eres el capataz y a tu juicio lo dejo.__

Tan pronto lo perdí de vista me dis­puse a decir a Ferruccio algo que siem­pre había tenido ganas de decirle. Cuando llegué a la cuesta número dos me quedé observándolo varios minu­tos antes de comprender lo que el hombre estaba haciendo.

Enarenar caminos es trabajo muy especial. Cuando el trineo se acerca el enarenados camina delante y va poniendo en los surcos helados justa­mente la cantidad precisa de arena pa­ra que el pesado trineo se deslice len­tamente. Pero no era eso lo que Fe­rruccio estaba haciendo en aquel mo­mento.

La temperatura era de cerca de 18 grados bajo cero. Ferruccio estaba se­cando una paletada de arena en una pequeña hoguera. No llevaba ropas de abrigo sino un simple overol. En vez de mitones de lana tenía guantes de tela. Se estaba helando pero en vez de calentarse el desabrigado cuerpo secaba la arena al fuego para asegurar mejor el paso del próximo trineo; era una precaución extraordinaria que no figuraba entre las reglas del oficio.

Me llegué a él y le dije:

—Buenos días, Ferruccio. ¿Sabes que hoy el amo soy yo?_

Se limitó a responder con un gruñido.

— Bueno... —continué--¿ Sabes que estaba decidido a despedirte ?

Ferruccio emitió otro gruñido para indicar que quedaba enterado.

Pero—agregué—nadie te despi­dará a ti.

Ferruccio levantó los ojos de la pala y se quedó mirándome de hito en hito.

Entonces le repetí al pie de la letra lo que me había dicho el viejo escocés.

Ferruccio dejó caer la palada de arena. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.

— ¿Por qué no me dijo él eso hace ocho años ?—preguntó.

Me retiré en seguida y no volví a verlo durante el resto del día. Por la noche cuando los de los trineos fueron a lavarse, uno de ellos exclamó entusiasmado:

— ¿Vieron cómo trabajó hoy el italiano? Ha echado arena suficiente para enarenar una docena de cuestas; vola­ba de un lado a otro como si tuviera alas. ¡Y se ha pasado el día repartiendo sonrisas!

Ya oscurecía cuando oí que me lla­maban.

— ¡Eh, patrón!

Era Ferruccio. Quería invitarme  a cenar con él.

¿Sabes cocinar?—le pregunté.

No, yo no sé cocinar; María es la que sabe.

¡No me digas que eres casado!

Seguro que sí—y agregó con cierta timidez:— tenemos cuatro mu­chachos... ¡los cuatro muchachos más lindos del mundo!

Caminamos aprisa porque el ter­mómetro seguía alrededor de 18 bajo cero. Por fin llegamos a un claro pe­queño donde se alzaba una casa de trozas.

Ferruccio se llevó los dedos a la bo­ca, dio un agudo silbido e inmediata­mente se abrió la puerta de par en par. Salió una mujer tan ancha como alta y tras ella asomaron cuatro pequeñue­los. Ferruccio corrió dando jubilosos gritos al encuentro del grupo y los confundió a todos en estrecho abrazo.

¡El hombre a quien yo había tenido siempre por áspero e intratable era en realidad marido y padre amoroso! Pensé que tal vez todos los juicios que me había formado sobre otros extran­jeros eran igualmente erróneos.

— ¡Venga, patrón! —gritó Ferruccio —La sopa está esperando.

Mientras comíamos, Ferruccio y María sostuvieron viva conversación en italiano. Súbitamente ella se puso en pie de un salto, se acercó a mí y me dio un beso.

— ¡Caramba, Ferruccio!—exclamé — ¿Qué es esto?

Y Ferruccio explicó:

Acabo de contar a María que usted es el primer capataz que me ha dicho « trabajas muy bien, Ferruccio, » y ella se ha puesto como unas Pascuas.

Podría escribir largo y tendido so­bre aquella noche. Pero sólo diré que vi a una mujer arrodillarse junto al lecho de sus hijitos para rezar pidiendo al cielo que les diera salud y los hicie­ra buenos ciudadanos. Pidió también a Dios que permitiera a los demás ni­ños entender a sus hijos y no darles nombres despectivos.

Luego me contó que sus dos hijos mayores volvían siempre afligidos de la escuela porque los compañeros se burlaban de ellos a causa de sus ropas pobres y de su hablar incorrecto. Comprendí entonces cuánto  tienen que sufrir los hijos de padres extran­jeros debido a las crueles mofas de otros niños.

Un par de días después fui a la es­cuela, hice que enviasen a su casa a los dos italianillos y rogué a sus com­pañeros y compañeras que les dieran oportunidad de sentirse sus iguales. Poco después dejé el campamento no sin haber sabido antes que ya las bur­las se habían acabado y que los chi­quillos empezaban a conocer días más felices.

DOCE años más tarde bajaba yo a pie por un deslizadero de trozas en la accidentada Península Olímpica del estado de Washington buscando el campamento de un amigo. Súbita­mente vi a un hombre en lo alto de la cuesta. Estaba allí tieso como un pos­te, arrogante, bien vestido. Le grité pidiéndole que me indicase el camino del campamento. Se quedó merándome, volví a gritarle y empezó a correr a mi encuentro. Entonces lo reconocí.

¡Ferruccio!—grité— ¿Qué de­monios haces en estas tierras?

Riendo alegremente me contestó:

Ahora soy aquí la gran persona.__

Ferruccio había llegado a ser supe­rintendente de construcción de lanzaderos en una de las más grandes compañías. dedicadas al negocio de trozas en el Oeste. Me habló de su fa­milia. Todos gozaban de excelente sa­lud y el hijo mayor estaba estudiando en la universidad. Luego me dijo:

A no ser por aquel minuto en que usted me habló yo hubiera mata­do a alguien algún día... Ese minuto cambió por completo mi vida. Y esa hora que pasó usted en la escuela cam­bió también la vida de mis chicos.

Y después de una breve pausa, agregó:

No sé por qué en este mundo no hay más gente que procure compren­der más y odiar menos.

Y yo le contesté:

Eso mismo vengo pensando yo hace I2 años.:__


EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE 1955 Por Dr. G. P. C

    EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE

                          1955

  Por Dr. G. P. C.

  BRANDY, un perro de raza chao, había sido criado cariñosamente por dos pacientes míos; granjeros ya entrados en años.. Cuantas veces salía de casa cualquiera. de lós dos, allá iba Brandy siguiéndole los pasos. Si sus amos trabajaban en la huerta, buscaba el perro un sitio sombreado, y -echándose allí no los perdía de vista un solo instante. Cualquiera -hubiese dicho que temía que se fueran sin él.

Había llegado Brandy a-la edad madura cuando sus amos murieron de repente. Unos vecinos se lo llevaron al pueblo

y lo encadenaron mientras se acostumbrába a sus nuevos amos: Pero Brandy no quiso comer., ni beber. Viendo que á ese paso acabaría por morirse, lo soltaron. Pasados dos días fueron a la granja de los antiguós amos. Hallaron a Brandy echado en el umbral, como si estuviese aguardando que ellos volvieran.

No sabían qué partido tomar con el perro; al cabo resolvieron lle­várselo otra vez al pueblo para .tratar de alimentarlo, pero. esta vez no lo encadenaron. A la mañana siguiente notaron que había  con­sumido parte del alimento. Esto animó a los bondadosos vecinos a ir de nuevo a la granja al cabo de dos días, para volver con el perro y darle de comer como anteriormente. Más adelante, advirtieron que, si le dejaban la comida en el sitio acostumbrado, Brandy acudía todas las noches al pueblo, comía y regresaba luego prontamente a montar guardia en la granja.

Con frecuencia me pregunté en qué pensaría el perro al proceder así. Creo saberlo. Pensaría que, en ausen­cia de los amos, le tocaba a él guar­dar la casa y esperar allí su regreso.

Al cabo de un año vendieron la granja. La ocuparon los nuevos due­ños. ¿Abandonó entonces Brandy'su larga y fiel vigilancia? No. Lo único que hizo fue montar guardia, no en la puerta, sino en una loma a es­paldas de la granja.

Muchas veces, en los años si­guientes, lo vi en sus viajes de ida y vuelta. Trotaba sin detenerse ni reparar en nada, como dominado por un único pensamiento: «Debo estar allá cuando ellos vuelvan.»

Al fin llegó una noche en que Brandy no fue por la comida. Los vecinos que tan cariñosos habían sido con él por tantos años, se dijeron que con seguridad le habría pasado algo. Una mañana de primavera, cuando la nieve empezaba a derre­tirse, vi en la loma donde Brandy montaba guardia un mechón de pelo rojizo. Me detuve y escarbé en la nieve.

Ahí dormía Brandy el último sueño. Reposaba con la cabeza hacia el sur, tal como estuvo al morir, vigilando hasta el postrer instante

la casa de los amos.      —Dr. G. P. C.

sábado, 28 de marzo de 2026

EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS * MILLINGTON* vii-viii

 EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS

 SOBRE LAS VERDADES DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS:

UN COMENTARIO SOBRE EL ANTIGUO Y EL NUEVO TESTAMENTO, COMPILADO CASI EXCLUSIVAMENTE A PARTIR DE AUTORES GRIEGOS Y LATINOS DE LA ÉPOCA CLÁSICA DE LA ANTIGÜEDAD

THOMAS S. MILLINGTON

«Y LA LUZ RESPLANDECIÓ EN LAS TINIEBLAS, Y LAS TINIEBLAS NO LA COMPRENDIERON.» JUAN 1:5

LONDRES

1868

EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS * MILLINGTON* vii-viii

Tampoco puede suponerse que cuando, en un período posterior, Dios escogió a un pueblo peculiar para que recibiera su ley escrita y fuera instruido mediante una revelación especial, otras naciones se vieran privadas de aquellas fuentes anteriores de sabiduría y guía que, hasta entonces, habían sido comunes a todos. El Atrio de los Gentiles seguía abierto al mundo entero, aunque el templo interior era solo para los judíos; y los primeros, aunque excluidos de los privilegios especiales de la raza favorecida, no quedaron, por lo tanto, privados de las oportunidades de conocer y reverenciar a su Creador que habían disfrutado anteriormente, y que, durante las primeras edades del mundo, habían suplido el lugar del mandamiento escrito y la ley de ordenanzas.

 Los innumerables ejemplos de piedad y virtud, de benevolencia y rectitud moral, que encontramos en la historia de las naciones paganas, y la admiración general, aunque a veces reticente, que estas cualidades suscitaban, y aún más, los grandiosos, y no podríamos decir divinos, sentimientos expresados ​​por muchos de sus filósofos sobre el tema de la religión, nos impiden dudar de que Dios siempre derramó, incluso sobre los gentiles, algunos rayos de conocimiento más puros y cálidos que los que la luz de la naturaleza por sí sola podía impartir.

Se cree que en las páginas siguientes se encontrarán numerosas pruebas notables de esta iluminación parcial, pero divina.

 Allí se comparan las opiniones de los filósofos paganos y las máximas de los moralistas paganos, y en algunos casos se contrastan,(se comparan) con la enseñanza clara y perfecta de la Palabra de Dios; y se verá que, si bien sus nociones de religión están plagadas de errores y su ideal de excelencia moral es reducido y depravado, en ambos hay suficiente verdad y justicia para dar testimonio de su origen divino.

 El camino que, en la oscuridad del paganismo, se vislumbraba tenuemente bajo la menor luz de la ley natural, es el mismo que, bajo los rayos más brillantes de la revelación celestial, ** resplandece cada vez más hasta el día perfecto.** Por otro lado, es evidente que la mayor parte del conocimiento que poseían los paganos se obtenía, ya sea por tradición o por comunicación más directa, de la palabra escrita de Dios.

 La luna brilla con luz prestada, y las alternancias que experimenta sirven para indicar la fuente de donde proviene su resplandor. Cuanto más directamente se vuelve su rostro hacia el astro mayor, más clara y completamente se ilumina.

Así, en la historia, la filosofía y la ética de los gentiles podemos discernir la luz reflejada de la revelación divina. Los hechos, es cierto, están muy disfrazados, y la doctrina muy oscurecida, por las artimañas de la razón y la invención humanas; pero como la sombra, aunque distorsionada, aún guarda una semejanza inequívoca. al objeto que representa, así estas tradiciones dan testimonio seguro de las realidades que reflejan de manera tan débil e imperfecta.

EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS * MILLINGTON* vi-vii

 EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS

 SOBRE LAS VERDADES DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS:

UN COMENTARIO SOBRE EL ANTIGUO Y EL NUEVO TESTAMENTO, COMPILADO CASI EXCLUSIVAMENTE A PARTIR DE AUTORES GRIEGOS Y LATINOS DE LA ÉPOCA CLÁSICA DE LA ANTIGÜEDAD

THOMAS S. MILLINGTON

«Y LA LUZ RESPLANDECIÓ EN LAS TINIEBLAS, Y LAS TINIEBLAS NO LA COMPRENDIERON.» JUAN 1:5

LONDRES

1868

EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS * MILLINGTON* vi-vii

Pero además de este testimonio físico, sin duda existía una medida de revelación divina otorgada a todas las personas, un cierto instinto religioso y moral implantado en sus corazones, que les señalaba las amplias distinciones entre el bien y el mal. **¿Quién ha venido al mundo —dice Epicteto— sin un deseo innato del bien y del mal, de lo justo y lo vil, de lo apropiado y lo inapropiado, de la felicidad y la miseria, de lo correcto y lo incorrecto, de lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer? La naturaleza nos instruye sobre estos temas.”

 Sin duda, el filósofo tenía razón; y este es solo uno de los muchos reconocimientos similares por parte de los paganos.

 Los escritores cristianos han afirmado lo mismo. Stillingfleet dice: «Dios creó el alma del hombre, no solo capaz de descubrir la verdad de las cosas, sino dotado de un discernimiento suficiente, o piedra de toque, para distinguir la verdad de la falsedad, mediante una luz establecida en su entendimiento, a la cual, si hubiera prestado atención, se habría librado de toda impostura y engaño

«Es un gran error», dice el arzobispo Tillotson, «pensar que la obligación de los deberes morales depende únicamente de la revelación de la voluntad de Dios que se nos hace en las Sagradas Escrituras. Es evidente que la humanidad siempre estuvo bajo una ley, incluso antes de que Dios hiciera cualquier revelación externa y extraordinaria; de lo contrario, ¿cómo podría Dios juzgar al mundo? ¿Cómo serán absueltos o condenados en el gran día aquellos a quienes nunca llegó la palabra de Dios? Porque donde no hay ley no puede haber obediencia ni transgresión 4 Do Mundo c. 6. 6 De leg. L x. c. 1.0 De nat. deor. 1. ii. c. 72. 7 Rom. x. 18. 8 Epict. Diss. L iL c. 11. * Origines Sacra, o. 1.10 Frvfiioe to Bishop Wilkius* ** Principles and Datie« of Natoral Beligion.

Erasmo va un paso más allá: en el prefacio a las Disputaciones Tusculanas de Cicerón, declara estar tan conmovido por los escritos morales de este gran hombre, y especialmente por sus discursos sobre la buena vida, que no puede dudar de que el corazón del que emanaban era sede de algún poder divino. Sin cierta medida de iluminación divina, no podría existir una verdadera apreciación de la rectitud y la verdad, ni sentido del honor y la integridad, ni consideración por la excelencia moral y la virtud.

La mente humana jamás habría sido capaz, sin una guía superior, de discernir entre el bien y el mal, la verdad y el error; ni la conciencia, salvo por instrucción divina, habría aprendido a aprobar uno o a condenar el otro.

 Desprovista de la guía celestial, la razón humana no sería sino una forma superior de instinto animal, más perfecta en su funcionamiento que la de los animales, por provenir de una organización más refinada y estar asistida por sentidos y percepciones más rápidos, pero esencialmente de la misma naturaleza.

 Por lo tanto, Dios no solo se manifestó mediante sus obras externas a los ojos y sentidos de sus criaturas, sino que también hizo oír su voz en el interior del hombre.

 Mientras las grandes lumbreras celestiales proclamaban su gloria y anunciaban su obra a todo el mundo, algunos rayos de sabiduría celestial penetraron también en las almas de sus criaturas, enseñándoles no solo a conocer, sino también a apreciar lo excelente

EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS * MILLINGTON* i-vi

 EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS

 SOBRE LAS VERDADES DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS:

UN COMENTARIO SOBRE EL ANTIGUO Y EL NUEVO TESTAMENTO, COMPILADO CASI EXCLUSIVAMENTE A PARTIR DE AUTORES GRIEGOS Y LATINOS DE LA ÉPOCA CLÁSICA DE LA ANTIGÜEDAD

THOMAS S. MILLINGTON

«Y LA LUZ RESPLANDECIÓ EN LAS TINIEBLAS, Y LAS TINIEBLAS NO LA COMPRENDIERON.» JUAN 1:5

LONDRES

1868

EL TESTIMONIO DE LOS PAGANOS * MILLINGTON* i-vi

PREFACIO

Leemos en el libro del Génesis que, después de que Dios, por su Palabra todopoderosa, creó la tierra y el mar, y cubrió la tierra firme con hierba, plantas y frutos, el cuarto día hizo grandes lumbreras: la lumbrera mayor para gobernar el día y la lumbrera menor para gobernar la noche. Estas lumbreras servían de señales para las estaciones, los días y los años, y para alumbrar la tierra.

 El pasaje sugiere, como mínimo, algo más que los meros hechos físicos que afirma. La luz es un emblema del conocimiento y, en el lenguaje de las Sagradas Escrituras, representa esa sabiduría pura y perfecta que desciende, como los rayos del sol, desde lo alto. La lumbrera mayor que Dios ordenó para gobernar el día puede considerarse, por lo tanto, un símbolo de la revelación divina que el Espíritu Santo da para la guía y preservación de la Iglesia a lo largo de los siglos. Mientras que la luz menor, cuya función era gobernar la noche, puede significar ese testimonio más general que el Creador dio de sí mismo al mundo entero. «Las cosas invisibles de Dios, desde la creación del mundo, se ven claramente», dice San Pablo, «siendo entendidas por medio de las cosas hechas».

 El apóstol habla aquí de los gentiles y de su religión natural, a través de la cual, dice, «lo que se puede conocer de Dios se manifiesta en ellos, porque Dios se lo ha mostrado». Dios se ha manifestado en cada período de la historia del mundo y en cada nación, mediante las maravillas que ha obrado.

 Las poderosas obras de la creación y la continua providencia que sustenta todas las cosas dan testimonio de su poder y bondad. «Aunque en el pasado permitió que todas las naciones anduvieran por sus propios caminos, no se dejó sin testimonio, pues hizo el bien a todos». «Los cielos», dice el salmista, «declaran la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos». día tras día pronuncia su mensaje; noche tras noche revela su conocimiento; no hay habla ni lenguaje donde no se oiga su voz.

 Son numerosos los testimonios que podrían aducirse de escritores paganos para demostrar que este glorioso, aunque silencioso, testigo no se manifestó en vano.

Aristóteles declara: «Aunque Dios es invisible para toda naturaleza mortal, se le conoce por sus obras».

 Platón afirma: «La tierra, el sol y todas las estrellas, y la hermosa disposición de las estaciones, divididas en meses y años, prueban que existen dioses; y además, todos los hombres, tanto griegos como bárbaros, lo creen».

Mientras que, entre los latinos, Cicerón, tras argumentar extensamente sobre el mismo tema, llega a esta conclusión: «La belleza del mundo y el orden de todas las cosas celestiales nos obligan a confesar que existe una naturaleza excelente y eterna que merece ser adorada y admirada por toda la humanidad».

 El sonido, pues, que se extendió por toda la tierra, y las palabras que penetraron, en tiempos antiguos, hasta los confines del mundo, no solo se oían, sino que se entendían.

 Todas las naciones, por ignorantes, corruptas y oscurecidas que estuvieran en sus corazones, creían y confesaban la existencia de un Dios grande y benevolente, el Creador y Soberano del universo

lunes, 23 de marzo de 2026

GUERRERO DEL FUTURO *DAWSON* 44-49

 UN SOLDADO DEL FUTURO

 POR WILLIAM J. DAWSON

NUEVA YOR -TORONTO

1908

GUERRERO  DEL FUTURO *DAWSON* 44-49

Los buenos siguieron siendo buenos; los amables siguieron siendo amables.

 Los egoístas siguieron siendo egoístas; ese era el hecho desconcertante que había comenzado a resultarle profundamente doloroso. Que hubiera llegado a tal estado de sentimiento era significativo, aunque aún no había comprendido su significado. Pero esa noche, mientras repasaba el programa del servicio dominical, mientras recordaba con un escalofrío la extraña escena en el Club, ese significado se le reveló repentinamente. ¿Era este servicio semanal, con toda su exquisita elaboración, una verdadera expresión de un ministerio cristiano? ¿No era acaso histriónico, una actuación, carente de la esencia de la realidad? Apelaba a los sentidos, satisfacía el gusto estético, pero ¿conmovía el alma? Sabía que no, que apenas pretendía hacerlo.

Le vinieron a la mente las terribles y desdeñosas palabras de Ezequiel: «Mirad, eres para ellos como una hermosa canción, de alguien que tiene una voz agradable y que sabe tocar bien un instrumento; pues oyen tus palabras, pero no las ponen en práctica».

Y más hiriente que ese reproche fue otro que no se atrevió a articular: Si Cristo, quien luchó contra el antiguo materialismo de la Iglesia, entrara en ella, ¿qué diría? ¿Con qué ojos miraría a este maestro de la voz agradable, que apaciguaba a la gente hasta sumirla en una complacencia inerte, se alimentaba de su admiración y pronunciaba palabras que no solo no hacían, sino que apenas se esperaba que hicieran? «¿Es esto lo que realmente soy? ¿A esto he llegado?», pensó. La presencia del conserje lo sacó de su doloroso ensimismamiento.

El conserje, Sturgess, era un anciano de cabeza blanca y venerable, mejillas sonrosadas y ojos azules penetrantes, ahora ligeramente apagados por los años. Había comenzado su labor más de cuarenta años antes, cuando se construyó la primera iglesia; había ejercido media docena de ministerios y seguía activo. West siempre le había tenido mucho aprecio, en parte porque era de Nueva Inglaterra, y en parte porque, en su forma de hablar y modales, guardaba un curioso parecido con su padre. Ciertas expresiones del anciano le recordaban vívidamente el campo donde West había crecido; poseía en toda su medida las características de Nueva Inglaterra: astucia, discreción y un humor sutil. Era devoto sin afectación, un conocedor de sermones y, desde luego, no tenía reparos en expresar sus opiniones una vez que se rompía su habitual timidez. —¿Tiene alguna otra orden para mí? —preguntó el anciano. —Creo que no, Sturgess. —Me pareció que estaba algo preocupado, como si ¿QUÉ ES LA VERDAD? 47 algo no le agradara. ¿Son los himnos, ya que no están bien? —Oh, creo que están bastante bien, Sturgess, pero es cierto que no me terminan de convencer. —A mí tampoco me convencen, si me permite decirlo. Antes solo teníamos uno, y ahora hay dos y a veces tres, y son tan largos que cuando terminan, el sermón no recibe la atención que merece, por así decirlo. Cuando el viejo doctor Littleton estaba aquí, solíamos tener buenos himnos que todos podían cantar, y con todo respeto a su criterio, señor, me parece que el servicio era más útil entonces que ahora. —Ah, Sturgess —dijo West con una sonrisa—, ya verá, es usted bastante anticuado. —He vivido mucho tiempo —dijo el anciano con sencillez—. Y no me aprueba del todo, ¿verdad? Lo comprendo perfectamente, porque yo tampoco me apruebo del todo. Oh, no diría eso, ni mucho menos, señor. Siempre lo he considerado un predicador muy inteligente, mucho más inteligente que el doctor Littleton, quien se volvió bastante tedioso antes de morir. Pero de alguna manera, las cosas eran más cálidas entonces, y el viejo doctor tenía la habilidad de hacer que uno sintiera que lo que decía era verdad. —¿Y yo no? ¿Eh, Sturgess? —Ahora bien, no permitiré que me pongan palabras en la boca como esas. 48 UN SOLDADO DEL FUTURO

o no dije eso, y jamás lo habría dicho. Pero cuando has escuchado todos esos himnos y sabes que quienes los cantan no son miembros de ninguna iglesia ni les importan los fundamentos de la religión, siendo solo cantantes de conciertos y nada más, entonces el sermón no parece real y a veces no me impacta como quisiera. Sin duda es culpa mía, por ser un anciano y no tener inclinación musical, pero ya que me has dejado hablar, pues así es como me siento. "No parece real". Las palabras del anciano coincidieron extrañamente con el pensamiento de West. Y supo instintivamente que, aunque Sturgess había atribuido toda la culpa de la irrealidad de los servicios a la música, no era solo eso lo que pensaba.

 La memoria de West lo llevó a la iglesia de madera de su juventud, una iglesia como aquella en la que Sturgess se había criado, con su atmósfera de silenciosa seriedad, su devoción cruda pero genuina, y sobre todo sus indomables principios de la religión. ¡Cuántas veces, de niño, había temblado ante las súplicas de ministros olvidados desde aquel humilde púlpito! ¡Cómo había aprendido a caminar con cautela entre lo que estos vehementes censores de la vida describían como las trampas diabólicas! ¡Trampas del mundo perverso! Había poca ternura en su predicación; con demasiada frecuencia pisoteaban sin piedad la sensibilidad de los corazones jóvenes. El Dios en quien ¿QUÉ ES LA VERDAD? 49 creían no era en absoluto amable, la religión que presentaban era severa e imponente.

 

EL NIÑO BIRMANO SOO THAH *BUNKER* 42-48

  EL NIÑO BIRMANO SOO THAH Por ALONZO BUNKER Durante treinta años, residente entre los Karen New York Chicago Toronto        1902 ...