Una notable escritora, madre de cinco hijos
adoptivos, les habla con conocimiento de causa a los que piensen adoptar un
niño.
ENTREVISTA
CON MI HIJA ADOPTIVA
(Condensado de «Cosmopolitas»)
Por
Pearl S. Buck
Autora
de La Buena Tierra, La estirpe del Dragón, etc
1946
HACE VEINTE AÑOS llevamos al hogar a nuestra primera hija adoptiva. En el
transcurso de
los años, adoptamos cuatro criaturas más—tres varones y una niña—para que fuesen sus hermanos. Antes de escribir esté artículo pedí a la hija mayor, que ahora tiene
veinte años, su consejo sobre lo que debía decir a
quienes también quieran asumir los deberes y las responsabilidades de la paternidad
adoptiva.
—En
primer término—me dijo—, yo creo que no todo el mundo debe adoptar
niños.
Y no lo digo porque unas personas sean
pobres y otras ricas. Eso nada tiene que hacer.
Como yo le preguntara entonces qué clase de personas
creía ella las más adecuadas, me contestó:
—En opinión mía, los padres adoptivos no deben ser
demasiado jóvenes. Quienes no han pasado aún de la edad juvenil, lo que
quieren ante todo es divertirse.
Probablemente un niño no les importaría lo
bastante para dudarlo como es debido.
—Pero sucede con gran
frecuencia que matrimonios muy jóvenes tienen hijos propios—le objeté yo.
—De los hijos propios
cuidarán impulsados por el simple instinto. Pero tratándose de un hijo adoptivo, se
necesita algo más.
—Por supuesto—continuó—los
padres tampoco deben ser demasiado viejos, pues
lo más probable es que a esa edad, cuando va
el barullo y las impertinencias de los niños fastidian, la carga resulte
muy dura. Sólo quienes sienten verdadero amor por los niños deberían
adoptarlos.
Estas palabras de mi hija
estaban completamente de acuerdo con lo que
yo pienso. Muchos padres quieren a sus
propios hijos, pero no quieren a los niños. Unicamente
los que quieren a todos los niños deben ser padres adoptivos. Por eso,
antes de dar tal paso, marido y mujer necesitan cerciorarse cuidadosamente de cuáles son sus verdaderos sentimientos a este
respecto. ¿Quieren a
los seres humanos? ¿Podrán ser capaces de amar una criatura que no sea suya?
Pero las criaturas crecen. ¿Les gustan los
muchachos desordenados y revoltosos? ¿Pueden echar a
risa ciertas travesuras? ¿Pueden
querer a ni¡ niño y al mismo tiempo
reconocer sus faltas? Si básicamente
los niños les inspiran afecto y no les
fastidian, están capacitados para la tarea.
Después de pensar un rato, mi hija agregó:
—Creo, sin embargo, que a los hijos adoptivos
no debe tratárseles con especial
deferencia. Conviene
enseñarlos, quererlos y castigarlos
lo mismo exactamente que a los otros
niños. Si se les prefiere y se les trata de manera distinta, hay el peligro de
que se sientan como si no pertenecieran a
la familia.
En esto también estaba yo de
acuerdo con, ella. Nuestros hijos adoptivos han tenido que tomarnos a nosotros tal como somos. Comparten lo mismo nuestra buena fortuna que nuestros
inevitables perío- dos de mala
suerte. Cuando nos vemos obligados a
trabajar con exceso, lo cual sucede frecuentemente, puesto que siendo
grande la familia las cuentas también lo
son, nuestros hijos tienen que sufrir las rachas de impaciencia a que da origen nuestro cansancio. Pero en toda ocasión, buena o
mala, pueden invariablemente contar
con nuestro cariño.
Los padres, a su vez, deben tomar a los niños tal como vengan. Sea cual fuere el medio ambiente que lo rodea, la íntima naturaleza de un niño no cambia nunca. Desde el momento que es concebido, sus cualidades
esenciales quedan determinadas.
La enseñanza y el ejemplo no pueden sino fortalecer y desarrollar lo que hay allí. Esperar
demasiado en este sentido es un error que no conduce sino a desengaños y
sufrimientos para todos. Esperar muy poco, es igualmente erróneo.
¿Cómo puede saber uno a ciencia
cierta cuál es el niño
que le conviene adoptar? ¿ Es importante que tenga los ojos negros? ¿0 que
los tenga azules? Cualquiera de esas cosas es importante si usted cree que lo es, porque todas
ellas son Cuestión de
sentimiento y el sentimiento tiene gran importancia entre padres e hijos.
Las emociones deben considerarse antes que nada, porque las emociones son el factor más significativo para establecer la corriente del afecto entre uno y el corazón de los niños.
He citado el rasgo físico de los ojos como un simple ejemplo. Los
rasgos de carácter e índole son, por de contado, mucho más importantes. Una persona de espíritu expansivo que adopte a un niño tímido y reservado de sentimientos, puede crear una catástrofe para ambos. ¿Pero cómo
podemos precavernos contra esas disparidades? Aunque en verdad no hay para ello
ningún medio absolutamente seguro, ciertas circunstancias pueden tenerse en cuenta. La raza y aún la nacionalidad del niño deben ser iguales o muy semejantes a las de los padres adoptivos. Si
usted, digamos, tiene en sus venas cálida sangre latina, no lleve al hogar a un niño cuyos progenitores sean de fría sangre escandinava—a menos que usted esté casado por amor con una persona de tal
raza.
Los antecedentes culturales son
también importantes. Padres a quienes los libros no les interesan ni mucho ni poco, y que abandonaron las aulas sin completar su educación, río deberían adoptar a un niño
cuyos padres son profesores o personas
letradas. Lo contrario es imprudente en igual grado.
La mayor parte de los
matrimonios prefieren adoptar niñas, basándose en la teoría
de que son más «fáciles» que los niños.
Prácticamente yo he encontrado que los niños son más fáciles; en general, tienen
mayor independencia de carácter y
poseen una naturaleza más franca. Pero tratándose
de un hijo adoptivo, conviene atender primero a otras cosas de sustancia, y luego a la consideración adjetiva de que sea niño o niña.
—Nunca debe haber en la casa un solo niño—observó mi joven interlocutora—.
Fl hijo adoptivo necesita hermanos y hermanas con quienes convivir y a quienes querer. Así hay en su vida un
mayor sentido
de seguridad.
Es cierto. Todos necesitamos la compañía y el apoyo de diversos afectos en el hogar. Cuando no hay sino un solo lazo de afecto, puede que se ejerza sobre él demasiada tensión. Las esperanzas suelen ser más altas y más férvidas de lo que conviene citando se concentran en solo niño. El
sufre con esta especie de implícita
exigencia excesiva.
Y los padres también. Todo niño debe tener cuantos compañeros sea posible. Esto significa que los padres necesitarán, trabajar más para ganarse la vida y que la vida será más
frugal, pero habrá más felicidad para todos.
Los niños se ayudan unos a otros, y ayudan a los padres.
Formulé otra pregunta a mi hija: —¿Hice bien en decirte desde un principio
que eras adoptiva?
Ella estaba recién nacida cuando la llevamos a nuestra casa. Pero una vez que creció lo bastante para contarle cuentos, le referí la
historia maravillosa de cómo la
había encontrado a ella y de por qué la había escogido entre todas las
demás criaturas que hubiera podido adoptar. Por varios años estuve
repitiéndole aquello cada vez que
tenía oportunidad. Pero una noche, ya llegada ella a los siete
años, la vi bostezar con expresión de aburrimiento
cuando empecé a contarle otra vez la misma historia.
—¡Ya
sé eso mamá! Cuéntame algo nuevo.
Experimenté
al oírla una grata sensación de tranquilidad. Ya para ella el hecho de
su adopción era cosa bien sabida y definitivamente aceptada. Ahora podíamos olvidarlo sin peligro alguno. Teníamos
plena confianza la una en la otra.
Hoy día, a los veinte años, dice reflexivamente:
alegro
de que me lo hubieras dicho desde aquel lejano entonces. Yo siempre
he considerado como cosa natural
y corriente que un matrimonio pueda tener
hijos lo mismo por nacimiento que por
adopción. Y eso es todo lo que importa.
Sin embargo, si no
hubiera sabido desde mi niñez que era hija adoptiva, el haberme enterado de ello más tarde quizá hubiera sido un grave golpe para mí.
¿Y si yo nunca te lo hubiera
dicho? --le pregunté.
—Alguien se habría encargado de
decírmelo—repuso—. Mil veces mejor fue haberlo sabido por boca
tuya, mamaíta.
Después de aquella
noche—cuando mi hija tenía siete años—ya no
abrigué temor alguno. Dos años
después fui a visitarla a una colonia escolar donde estaba pasando el verano. Al verme corrió hacia mí
desalada.
—¡Oh, mamá!--exciamó—. ¡Qué gusto me
da que hayas venido! Quiero presentarte a una de mis amiguitas para que hables con ella y la consueles. La pobrecilla me inspira mucha lástima. ¡Es adoptada!
Hice un esfuerzo por no
sonreír. —Pero tú sabes que eso no significa nada, queridita—le repuse.
—Sí, sí. Pero
pasa que ella es realmente adoptada.
No tiene mamá, ¿sabes? ¡Vive con una de sus tías!
Aquél fue para mí uno de los más felices momentos. Mi chiquilla no se consideraba
adoptada; yo era para ella su verdadera mamá.
Una noche nuestra hija
menor me preguntó, cuando estaba
arropándola para dormir:
— ¿Todos nosotros, mis hermanitos y yo, somos hijos de distintas mamás?
—Así es-le contesté yo aparentando no dar seriedad al
asunto.
—Pero eso no importa—me
dijo ella—porque tú eres la mamá de todos.
—Tienes razón... eso no
importa—¡e repuse.
Pocos minutos después estaba dormida...
No hay sino una regla para
contestar a preguntas así: contestarlas
honradamente. Cuantos menos años
tenga el niño, más breve y sencillamente conviene responderle. Llegado
a la adolescencia, las respuestas deben ser amplias y acompañadas de explicaciones. Precisa advertirle que si desea averiguar quiénes
fueron sus progenitores, tiene el derecho de hacerlo. Por lo
general, si sus relaciones en el nuevo hogar han sido
satisfactorias y si no hubo momento de choque al enterarse de la
adopción, no hay en el niño deseo de saber quiénes fueron sus padres, ni de unirse a ellos.
opino que la adopción
temprana—tan cerca
del nacimiento como sea posible constituve la mejor base para la futura felicidad de todos. Los padres adoptivos y el niño deben, creo yo, convivir los días
de la infancia.
Sé que algunas personas se
sienten más seguras adoptando a un niño que
haya pasado la prueba física y mental
del primer año, o de los dos primeros años. Pero los padres corren
ciertos riesgos lo mismo con un hijo
propio que con un hijo adoptivo. Una criatura mental o
físicamente defectuosa puede nacer en cualquier
familia. Viéndolo bien, hay menos
riesgo en la adopción que en el nacimiento. La mayor parte de las deformaciones físicas son notorias cuando el niño nace. En cuanto a los defectos mentales, los más claros se perciben desde el nacimiento: p
ero los menos visibles pueden no ser d escubiertos hasta la
edad escolar.
Adoptar a un niño ignorando
por completo sus antecedentes de familia, es una imprudencia tan grande como la del hombre que se casa precipitadamente• con una mujer cuya
ascendencia desconoce y con la cual ha de compartir, sin embargo, la jornada de
la existencia.
¿EL AFECTO que
une a los padres con su hijo adoptivo puede ser tan
fuerte como el que los uniría con un hijo
propio? Puede ser más fuerte aún.
El hecho de que
hayan deseado adoptar a un niño y lo hayan escogido ellos
mismos, es un exec lente principio para la formación de ese afecto. Con frecuencia el sentido de
responsabilidad de los padres y la del niño a los
cuidados de éstos, hacen que el afecto mutuo vaya desarrollándose hasta llegar a
convertirse en algo más real y profundo que los lazos de
la sangre.
Si los padres prefieren
adoptar a un niño de algunos años, el sentido cormún ha de ser su
guía para cimentar el mutuo afecto. Nunca
debe mostrársele antagonismo o malquerencia respecto a quienes formaron
su familia anterior. Los nuevos padres,
deben simplemente respetar la idea que de esos parientes tenga el niño,
y permitirle que hable libremente de ellos. Con empeñarse en borrar sus
recuerdos, no se
logra sino ahondárselos más.
El niño de esa edad tiene también ciertos hábitos establecidos los cuales quizá no estén de acuerdo con la nueva atmósfera que
lo rodea. Paciencia es entonces la
consigna. Nuevos hábitos no pueden formarse sino cuando el niño así lo quiere. Primero debe sentirse seguro en
su hogar adoptivo: seguro de. que se le necesita,seguro de que se le quiere. Entonces él mismo deseará ser parte de la familia, e irá dejando sus viejos hábitos. —hemos dicho ya cuanto hay quedecir
sobre el particular?—pregunté a mi hija
cuando hubimos llegado a este punto. —Falta
algo—dijo ella—. El pasado de
un hijo adoptivo no debe trascender nunca más allá de él y sus
nuevos padres. Es apenas justo y ecuánime que al niño Se le brinde la oportunidad de
empezar en condiciones iguales a las de
otro cualquiera.
Bien dicho. A veces es necesario, por bien del niño, explicar ciertos detalles de su pasado a un maestro, por ejemplo,
para
que sea más paciente con él o procure comprenderlo
mejor. Pero en esos casos, lo que se le diga debe tener
carácter enteramente confidencial.
—Por supuesto continuó mi hija—, lo que yo digo no se refiere sólo a
los padres,
sino al resto de la familia también.
Nuestra
familia es grande. Cuando mi hija habló así estaba pensando en las tías, los tíos, los primos y la abuelita. Hemos tenido la
fortuna de que todos ellos aceptaran
cariñosamente a nuestros hijos adoptivos.
Pero esto no es así en todos los casos. Los padres
adoptivos deben insistir en que sus niños sean mirados como verdaderos miembros de la familia, lo cual
son realmente.
—Creo que eso es todo—terminó mi hija.
Pero mi esposo, que se
había unido a nosotras, intervino en la conversación.
—Una cosa más—dijo dirigiéndose a mi
hija—. ¿A ti te gustaría adoptar niños?
Fue una pregunta bastante
acertada. Nuestra hija le contestó con una
vehemencia muy satisfactoria para nosotros.
—¡Seguramente que me gustaría! Si no
tengo bastantes hijos, adoptaré cuantos pueda.
Y eso fue, en verdad,
lo más importante de todo lo que ella dijo